sábado, 27 de abril de 2013
CONFESIONES DE UN CURA ESPÍA DEL
MOSSAD EN EL VATICANO
El artículo corresponde a una nota publicada en el diario “El Mundo” el 02/08/2009. El prefacio a continuación es del portal “Foro Católico”
El artículo corresponde a una nota publicada en el diario “El Mundo” el 02/08/2009. El prefacio a continuación es del portal “Foro Católico”
Estas “confesiones” de un sefardita infiltrado en
la Curia son de suma importancia para entender y confirmar la realidad de la
Nueva Iglesia Conciliar. La infiltración hebrea en el Vaticano, como agentes de
la Sinagoga de Satanás, es un tema ampliamente tratado por varios autores
católicos, protestantes y sin fe. Pero este testimonio libre, sin parcialidad
“antijudía”, brinda al lector un argumento contundente para abrir los ojos ante
la verdad que padece la otrora Roma Cristiana desde hace varias décadas.
ANTONIO HORTELANO: CONFESIONES DE UN CURA
ESPÍA DEL MOSSAD ISRAELÍ
Religioso redentorista, especialista en Moral.
Trabajó como espía para los principales servicios de inteligencia. Los médicos
le han diagnosticado un cáncer terminal de pulmón. Sus memorias. Está
escribiendo «El abuelete», un libro donde cuenta, con toda su crudeza, su
experiencia como ESPÍA DEL VATICANO Y DE ISRAEL.
«Soy espía y no lo niego», reconoce a sus 90 años sin rubor. Y lo cierto es que, según revela a
Crónica, perteneció a los servicios secretos vaticanos, fue miembro del Mossad
israelí, quiso ficharlo la CIA y estuvo detenido por el KGB. Parece el retrato
de un 007, pero Antonio Hortelano Alcázar es un religioso redentorista,
especialista en Moral y con un extraordinario recorrido evangelizador a sus
espaldas. Y una historia de película. Porque el cura espía vivió de cerca,
directa o indirectamente, todos los grandes acontecimientos de los últimos
tiempos y se codeó con los grandes personajes que han pasado o pasarán a la
Historia. Desde Golda Meir o Moshe Dayan a Salvador Allende o monseñor
Romero. Y, por supuesto, los papas de las últimas décadas.
Pelo blanco, nariz aguileña («de judío», dice con orgullo), encorvado
por el peso de los años, el padre Hortelano sigue conservando una mente
absolutamente lúcida, una gran capacidad dialéctica y pedagógica y unos ojos
azules que las vieron de todos los colores. Hasta la radiografía de su propia
muerte, que le diagnosticaron hace unos meses, de improviso. «Como llegaba
de México, me llevaron al Carlos III y me hicieron todo tipo de análisis para
ver si tenía la gripe A. Cuando terminaron, el médico me dijo: ‘Tengo que darle
dos noticias. Una buena y otra mala. La buena es que no tiene la gripe A. La
mala, que tiene un cáncer de pulmón en fase terminal’». Pero hasta eso
asume con una enorme dignidad. «Me muero. Me quedan unos dos meses de vida.
Pero no he querido quimio ni radio. Sólo cuidados paliativos».
-¿Sin miedo a la muerte?
-Ninguno.
-¿Por qué?
-Porque tengo fe y creo en el más allá.
-¿Cómo le gustaría morir?
-Con una sonrisa en los labios.
-¿Y de epitafio?
-La frase de Zubiri: «Pienso, luego existo y existo, no colgado de la
nada, sino de Dios».
Son las 10 de la mañana del miércoles 29 de julio. El padre Hortelano
nos recibe en su habitación del convento redentorista de la calle Félix Boix de
Madrid. Un cuarto pequeño y tan humilde como el de un monje. Una camita a la
izquierda, una mesa de escritorio, llena de libros; dos estanterías y una
puerta que da a un servicio, también pequeño. Huele a desprendimiento y
austeridad. Se sienta en su sillón, se pone su mantita en las rodillas y se
prepara para anticiparnos parte de un libro de memorias que ya está casi
terminado. Se va a titular El abuelete.
-Un título poco comercial.
-Sí, pero como voy a contar en él cosas duras, prefiero revestirlo de un
halo de ternura. Como algo entrañable y familiar.
-Su testamento.
-Mi verdad y una mirada a lo mucho que he vivido.
En general, el padre Hortelano dice no tener mucho de qué arrepentirse. «A
veces, no he tenido demasiadas vivencias religiosas y, en ocasiones, he sido
egoísta y muy terco». En cualquier caso, no teme al juicio de Dios en
absoluto. «Dios cuenta con eso. Pronto llegaré ante él y le diré: ‘Aquí está
Antonio reportándose’». Además, en su vida también hubo infinidad de cosas
buenas. «De lo que más orgulloso me siento es de lo que he trabajado por los
demás».
Una vida entregada y repleta de penas y tristezas, como corresponde. Al
echar la vista atrás, recuerda que nació en el número 80 del paseo de Colón de
Irún. «A 500 metros de donde vivíamos estaba Francia». En el seno de una
familia acomodada. De las fuerzas vivas del pueblo. «Mi abuelo materno,
Antonio, murió a los 96, siendo el farmacéutico más viejo de España». A los
7 años, la familia de Antonio se traslada a Madrid. «Mi padre tenía leucemia
y mi madre pensaba que en Madrid sería más fácil atenderlo. Le dieron un
tratamiento de rayos X y fue un éxito para aquella época, pues duró hasta
principios de 1931».
Y en Madrid vivió, de niño huérfano, la época de la República. «En el
instituto, donde fui compañero de Fernando Fernán Gómez, los jóvenes católicos
llevábamos una cruz en la solapa y los rojos, un diablo con cuernos y rabo».
Después vino la Guerra Civil y en su casa, se celebraban «eucaristías
clandestinas con el padre Ibarrola».
El padre Hortelano echa pestes de Rafael Alberti: «Metía a los
prisioneros en cabinas de teléfonos con las paredes electrificadas con alta
tensión». Y de Santiago Carrillo, que mandó fusilar a su tío. En cambio,
alaba «la genialidad estratégica de Franco».
Excelente estudiante, Antonio Hortelano profesa en los redentoristas el
24 de agosto de 1939. Y con sus extraordinarias dotes humanas y religiosas,
pronto se convierte en una de las estrellas de la congregación. Alto, delgado y
bien parecido, con sus gafas de pasta, parecía intelectual. Y lo era.
Brillante, dicen que hablaba muy bien, que predicaba mejor y que daba clases
como los ángeles. «Siempre fui muy popular entre los alumnos, porque, en mis
clases, nunca leía. Siempre era esquemático, corto y creativo». Y, encima,
sabía seis lenguas. Entre ellas, el alemán a la perfección.
ESPÍA DEL VATICANO
En la Curia romana se fijaron en él y entró a formar parte de los
servicios secretos vaticanos. «Con misiones especiales y de una forma
eventual», dice. Pero la verdad es que el propio cardenal Montini, entonces
secretario de Estado del Vaticano y futuro Papa Pablo VI, le encomienda muchas
misiones especiales. Un día le llama al Vaticano y le dice: «Sospechamos que
el cardenal Mindszenty de Budapest ha sido drogado y, por eso, ha hablado por
radio a la población a favor del comunismo. Queremos mandar orientaciones a los
responsables de la Iglesia. Sabemos que es valiente y arrojado y quiero saber
si podemos contar con usted para esta misión».
Aceptó de mil amores, a pesar de los riesgos que corría. Viajó con
pasaporte italiano a la Hungría comunista y cumplió su misión. Pero cuando va a
coger el tren de vuelta a Viena, lo detectan los espías del KGB, lo detienen,
lo someten a un interrogatorio de horas y lo acusan de espionaje. Pero, a las
48 horas y «tras tocar los palillos adecuados, me soltaron y pude regresar».
Los palillos son el Vaticano e Israel, los dos Estados para los que trabajaba.
- HE TRABAJADO INCLUSO MÁS CON EL MOSSAD QUE CON EL
VATICANO.
-¿Por qué con los judíos?
-Se ve claro en mi cara: soy descendiente de judíos.
-¿Se casa bien el sacerdocio católico con el ser un
espía judío?
-Perfectamente. Jesús fue judío de raza y de
religión. Y nunca se salió del judaísmo. No se puede ser cristiano sin ser
judío.
A través de Roma y del Mossad recibió información privilegiada. Mucha y
muy abundante. Cuenta, por ejemplo, que el almirante Canaris, jefe del
espionaje de Hitler, era «descendiente de judíos sefarditas expulsados de
España en 1492, que se refugiaron en Salónica. Se infiltró en los servicios
secretos alemanes y le dictó a Franco la estrategia a seguir en el famoso
encuentro con Hitler en Hendaya».
Un encuentro del que también tiene información privilegiada. Por el
Mossad y porque el traductor que acompañaba a Franco, Antonio Tovar, era amigo
íntimo de los Hortelano. Canaris había convencido a Franco de que «sería un
desastre para todos que Hitler ganase la guerra, y le aconsejó lo siguiente:
‘Usted dígale amén a todo, pero pídale lo que no tiene. Es decir, cañones de
costa para defenderse de los ingleses, petróleo y alimentos. Como es muy
orgulloso, no le dirá que no lo tiene, pero no lo obligará a entrar en la
guerra’. Y Franco, con esa estrategia, nos salvó de la guerra».
Para hacer frente al comunismo que amenazaba con extenderse por toda
Europa y, sobre todo, a Latinoamérica, Hortelano se dedica a «aprender las
técnicas subversivas». De la mano del ex agitador francés G. Sauge. A su
lado, se infiltra en las juventudes comunistas alemanas y austriacas y vive, en
París, la revolución de mayo del 68, donde conoce al que después sería cardenal
de París, Jean-Marie Lustiger, el primer purpurado católico de origen judío.
Por sus contactos descubre, asimismo, que, «para conquistar
Latinoamérica, los soviéticos iban a aplicar la teoría de Gramsci: ni bombas ni
elecciones, sino infiltraciones en la Universidad y en la Iglesia. Y de ahí
nace la Teología de la Liberación».
-¿Una teología marxista?
-En la Teología de la Liberación hay gente buena, como el cardenal
Pironio o Helder Cámara. Pero otros, como Hugo Assman, son totalmente marxistas
y partidarios de la lucha armada.
-¿Y Gustavo Gutiérrez, el llamado padre de esa
teología?
-Cambió y ahora somos amigos.
-¿Y Leonardo Boff?
-Es un bluf, que preconizaba el comunismo científico.
Una idea muy extendida entre las bases católicas más comprometidas.
Cuenta el Padre Hortelano que una vez se le acercó una monja en Bolivia y le
dijo: «Los problemas de Latinoamérica se arreglan con la Biblia en una mano
y con la Biblia en la otra». Y el religioso le contestó: «Cómo se nota
que no ha estado usted en la guerra, porque la metralleta hay que agarrarla con
las dos manos y no queda mano libre alguna para la Biblia». Y, tras la
anécdota, concluye: «es encomiable la opción por los pobres de la Teología
de la Liberación, pero su pecado ha sido coquetear con el comunismo y la
violencia».
Por tenerlo así de claro, lo quiso fichar la CIA. «El jesuita
Veeckmans se me acercó para contratarme para la CIA con
un importante sueldo. Pensaron que era el candidato ideal para denunciar a los
teólogos radicales. Mandé a la CIA por el tubo de desagüe, con lo que me gané
muchos enemigos». Eso sí, pasó más de 30 años paseándose por Latinoamérica,
uno de los principales teatros de operaciones del cura espía. Y participando en
todos los grandes acontecimientos del continente.
Vivió, por ejemplo, todo el proceso que condujo al asesinato de monseñor
Romero, obispo de San Salvador. «Había dos candidatos para el arzobispado
salvadoreño: Rivera Damas, abierto, y Romero, conservador. Roma eligió al
conservador, que pronto se pasó con armas y bagajes a la izquierda».
Además, «sus misas se convirtieron en auténticos mítines revolucionarios
contra el gobierno militar y por eso lo mataron».
De ahí que Hortelano crea que monseñor Romero «nunca será canonizado». Y
añade: «Como tampoco subirán a los altares Ignacio Ellacuría y sus compañeros
jesuitas de la UCA. Demasiada política de por medio».
Hortelano estuvo en Chile desde la llegada de Allende al poder hasta su
derrocamiento y asesinato. Recuerda que a su toma de posesión «llegaron
Castro y los demás dirigentes de la izquierda marxista leninista del
continente». El redentorista español, sentado al lado del cardenal
Silva Henríquez, carismático arzobispo de Santiago de Chile, le comentó:
-Monseñor, debe de ser muy interesante ser cardenal
de Santiago en estos momentos.
-Ojalá, padre Hortelano, no lo fuese tanto. Replicó
el purpurado.
El cura español sostiene que «el Chile de Allende se fue
convirtiendo en el imán de todos los revolucionarios del continente y, cuando
estalló el golpe de Pinochet, mi impresión es que el 70% de los chilenos estaba
a favor. Eso sí, creían que los militares iban a poner orden y se irían, pero
se instalaron en el poder, tras cometer muchas atrocidades». Estuvo en
el estadio «donde había más de 5.000 personas detenidas» y recuerda que,
en medio de la atroz dictadura, «la Iglesia fue la voz de los que no la
tenían y organizó la Vicaría de la Solidaridad, presidida durante un tiempo por
mi alumno el sacerdote Juan de Castro».
Hortelano se relacionaba con todos los bandos. Tanto civiles como
eclesiásticos. Fue amigo de Camilo Torres, el cura revolucionario colombiano.
Pero también tuvo trato con dictadores como Fujimori o Videla. «Un día, el
entonces presidente de la Junta Militar argentina asistía a una boda que
celebraba yo y se acercó a comulgar. En el convite me tocó a su lado y le
pregunté a bocajarro»:
-Presidente, ¿cómo se atreve a comulgar?.
-No sea ingenuo, padre Hortelano. Si Rusia ataca
con bombas atómicas, Estados Unidos responde con bombas atómicas. Si los
montoneros nos atacan con el tiro en la nuca, nosotros les respondemos con el
tiro en la nuca. Ustedes, en cambio, dentro de 30 años seguirán soportando a
los asesinos de la ETA con el tiro en la nuca.
-¿Qué haría usted para acabar con ETA ?
-Cinco por uno, incluidas mujeres y niños y el embargo
de sus bienes.
Como cura que es, el padre Hortelano no está de acuerdo con el cinco por
uno de Videla. Pero propone una «receta» cuando menos sorprendente para acabar
con la banda terrorista: «Llevaría a todos los presos de ETA a
Fuerteventura. Nada de acercamientos. Y si la banda comete atentados
materiales, los presos aislados a agua y bananos. Y si mata a alguien, a pan y
agua durante cuatro meses».
Hortelano admira a los vascos. Aunque dice que él es un «vasco cósmico»,
asegura que el pueblo vasco «siempre ha sido un pueblo triunfador, hasta que
perdió las guerras carlistas». Pero se muestra muy crítico con los obispos
vascos y con la Iglesia católica del País Vasco. «ETA la fundó la
Iglesia. Y, tras tantos años de terrorismo, es lamentable que no haya
muerto ni un solo cura. Mientras ETA no mate a un cura, no creo en los curas ni
en los obispos ni en la jerarquía vasca». Lo dice el cura al que el
entonces obispo de San Sebastián, Jacinto Argaya, quería que fuese su obispo
auxiliar. Y se lo propuso en una reunión secreta que celebraron en el santuario
de Loyola.
-Quiero que seas mi auxiliar con derecho a sucesión
-No puedo, Don Jacinto. No sé vasco y, además, no
soy sacerdote diocesano.
-Eso no importa. El vasco se aprende. Y eres el
único que puede parar la sangría de mis curas, que se están pasando a los
abertzales y a ETA.
-Lo siento mucho, monseñor, pero no puedo aceptar.
No soy la persona idónea.
Don Jacinto le confiesa, entonces, que «la alternativa es Setién». Y
Hortelano precisa: «Entonces, Setién tenía fama de conservador y daba clases
en Salamanca. Pero el conservador Setién les salió abertzale».
-¿Qué tal se lleva con monseñor Setién?
-Fatal, cada vez que me ve me mira con ojos de hiena.
El padre Hortelano aprovecha el caso para criticar la política de
nombramientos episcopales de la Iglesia. «Se hacen muy malos nombramientos
de obispos. Por eso son tan malos y tan grises los que tenemos. Además,
deberían elegirse sólo para nueve años. Lo que no se hace en ese tiempo, ya no
se hace».
Profundo conocedor de los entresijos más ocultos de la Santa Sede,
Hortelano habla sin pelos en la lengua de los papas.
-¿Su Papa preferido?
-Juan XXIII.
-¿Qué opina de Benedicto XVI?
-Es un profesor de teología sin chispa ni carisma.
-¿Y de Juan Pablo II?
-Teológicamente, era malísimo y, además, relegó a los religiosos.
Pero también reconoce los méritos de Wojtyla. «El Muro de Berlín cayó
gracias a Juan Pablo II, aliado con Reagan». Y desvela un secreto de su
pontificado. En su intento por acabar con el comunismo, «el presidente de
los EEUU y el Papa se intercambiaban a diario todos los informes más reservados
que cada uno de ellos recibía. Todas las mañanas, Reagan mandaba sus informes
al Papa y éste le enviaba la información más caliente que recibía de todas las
nunciaturas». A juicio del sacerdote-espía, «ése fue un gran error de
Juan Pablo II».
SECRETOS VATICANOS
Y sobre todo le reprocha el escándalo del IOR, el Banco del Vaticano y
el haber confiado las finanzas de la Iglesia a monseñor Marcinckus. «Se lo
ofreció el arzobispo de Baltimore, pero ya en USA Marcinckus estaba relacionado
con la mafia. Por eso, cuando se produjo la quiebra del Banco Ambrosiano, que
dejó un agujero en el IOR de más de mil millones de dólares, Marcinckus quiso
taparlo negociando la deuda con la mafia. Al final, tras varios muertos, el
Vaticano pidió a los religiosos que se hiciesen cargo de la deuda. Aceptaron
pero con la condición de quedarse con la gestión de las finanzas vaticanas. El
Papa no quiso y, entonces, apareció el Opus Dei que, a través de Rumasa, tapó
el agujero de Roma a cambio de la prelatura personal y de la canonización del
fundador de la Obra».
Pasadas esas turbulencias y desde su atalaya de hombre de Iglesia, el
padre asegura que la institución «necesita cambios estructurales, pero sin
dinamitarla». Es decir, «hay que hacer lo mismo que con las viejas
catedrales: limpiarlas, pero conservando todo lo demás».
En esta clave se atreve a escribir una «última carta al Papa». En ella
le propone «con humildad» una serie de consejos concretos para reformar la
Iglesia. Le pide una Iglesia «más equilibrada y más femenina». Con curas casados y mujeres sacerdotes. Con obispos elegidos
por un período de 9 años y la supresión del colegio cardenalicio. Porque al
Papa lo elegiría «una representación de todo el pueblo de Dios». Y, por
último, le pide que «promueva la integración de la Iglesia con el judaísmo».
ROTA, GIBRALTAR Y LAS MEMORIAS
Torrente inagotable de informaciones, el padre Hortelano deja la Iglesia
y pasa a asuntos de la actualidad. Y asegura que «Gibraltar, ahora de moda
por el viaje de Moratinos, es una bobada, que se solucionaba haciendo esperar
ocho horas diarias en la frontera a los llanitos que pasan a España, donde
suelen vivir». A su juicio, el problema es la base de Rota.
-¿Por qué?
-Porque Rota es un enorme almacén de bombas nucleares, por si estalla
una guerra atómica en Oriente Medio.
-¿Con qué datos asegura eso, padre?
-Con las bases documentales del Vaticano y del Mossad, y con la
información privilegiada de muchos servicios secretos.
Posa con paciencia para las fotos, nos estrecha la mano y nos dice, a
guisa de despedida: «Como seguramente no os vuelva a ver, que Dios os
bendiga». Y se vuelve a su cuarto apoyado en su andador. El cura espía ha
testado y su testamento saldrá pronto en forma de libro de memorias. Porque,
como le gusta decir, «sólo la verdad nos hace libres». Y para conseguir
algo de dinero para la niña de sus ojos: el kibutz que fundó, hace años, en
Querétaro, México (llamado comunidades EAS).
ANTONIO HORTELANO ALCÁZAR
- Religioso redentorista, especialista en Moral.- Trabajó como espía
para los principales servicios de inteligencia.Los médicos le han diagnosticado
un cáncer terminal de pulmón.Sus memorias.Está escribiendo «El abuelete», un
libro donde cuenta, con toda su crudeza, su experiencia como espía del Vaticano
y de Israel.Falleció el 15 de octubre de 2009
POR JOSÉ
MANUEL VIDAL- Crónica
VEA LA
ENTREVISTA