miércoles, 5 de octubre de 2016
por Ludovicus
A pesar del título, no pretendo
ofender con una injuria de nuestro hablar coloquial argentino a Bergoglio.
Simplemente busco desentrañar un fenómeno intrigante y que da lugar a la
popular calificación de jetattore, gafe o piedra: la mala fortuna de quienes
rodean, sean personas, proyectos o instituciones, al papa Bergoglio. No
condescenderemos a esa superstición, pero tampoco podemos dejar de notar que la
persona y la gestión del sujeto están sometidos, quizás por disposición de la
Providencia, a tal sucesión de
desgracias que propiamente podríamos llamarlo El Desgraciado o más
castizamente, El Malhadado. Desde el reciente fallido plebiscito de Colombia (a
veces la democracia consagra el sentido común), hasta el desaire de la Iglesia
georgiana; desde las interpretaciones sobre el carácter pacífico del Islam
retrucadas con un terrorismo inusitado o el discurso de Lampedusa al que
siguió un incremento brutal de las personas muertas en el mar, los ejemplos
podrían multiplicarse. Sin contar el monumental fracaso de las Scholas, su
lamentable pelea de conventillo con sus directores, la cancelación del contrato
con la FIFA hipercorrupta o los papelones diplomáticos permanentes. Hay un
destino torcido, fallido, chanfleado, en este pontificado, que la Historia no
podrá disimular. Parafraseando al latino, podríamos decir “habet suum fatum
bergogli”.
Empecemos con la explicación más
simple, la ley de Murphy. No se puede pretender que a quien escoge como laderos
a personajes de avería o de ínfima categoría le vaya bien. Vera no puede ser un
estadista, Del Corral un pedagogo universal, El Caballo Suárez un paradigma del
sindicalismo cristiano o Sánchez Sorondo un genio político. El malogrado Omar
Bello nos recordaba la eterna propensión bergogliana a rodearse de mediocres,
“grisidades” como decía Ortega.
Además Bergoglio no estudia, no
incorpora conocimientos nuevos, se limita a guiarse por un plexo de prejuicios
y lugares comunes cristalizados hace treinta o cuarenta años, al que ha
remozado apenas con la corrección política hodierna. Con tan poca ciencia, nada
puede ser hecho a conciencia.
Finalmente, el personaje está imbuido
de un notable afán autodemoledor, antropofágico y caótico, concentrado más en
la crítica destructiva y en promover el “hacer lío”. El resentimiento es mal
consejero del poder, sólo sirve a los revolucionarios y a los que quieren el
caos. Y todos los aristotélicos sabemos que del caos jamás sale el orden y por
lo tanto casi nada valioso se logra “per accidens”. La Argentina es un buen
ejemplo de ello.
Finalmente, Bergoglio es desgraciado
porque le falta gracia. Dios nos libre de afirmar esto en sentido teológico. Le
deseamos todas las gracias, la primera de las cuales es la fe. Decimos que le
falta la gracia del político, la nonchalance, la elegancia, el sentido de la
oportunidad. Quien esto escribe entró en un forcejeo penoso cuando quiso
besarle el anillo en tiempos en que ejercía de arzobispo de Buenos Aires. Las
anécdotas son tan forzadas como ir a una óptica con periodistas o salir del
cónclave a pagar la cuenta del hotel. Y a pesar de los medios, su discurso es
absolutamente carente de gracia, forzado, insincero, como demostró en su último
video al pueblo argentino.
¿Alguien puede creer que Bergoglio
crea que nosotros podamos creer que el motivo de que no viaje a la Argentina es
“porque no está agendado y hay otros compromisos” ¿ y quién fija esos compromisos?
¿Ban Ki Moon? ¿Alguien puede creer que anhela venir a la Argentina,
cuando sus dos predecesores inmediatos tardaron menos de nueve meses en volver
a sus Patrias? ¿Alguien puede dudar de que si hubiera ganado el “pastoreable”
(SIC) Daniel no estaría ya entre nosotros? Siempre que puede, recurre al
autoritario recurso de imponer al oyente su versión de las cosas, por
inverosímil que parezca, agregando al agravio de la falsedad el de insultar la
inteligencia (para ser objetivos, reconozcamos que esa misma sensación sentimos
cuando Benedicto XVI afirmó que escogió vestirse de blanco después de la
renuncia porque no tenía a mano otra cosa).
Como esos desechos de las cocinas de drogas llamados paco o crack, el
discurso de Bergoglio es un subproducto de las cocinas seculares de la
restricción mental jesuita que se termina convirtiendo en cinismo puro y duro,
porque le toma el pelo al interlocutor.
Finalmente, consignamos junto a los
fracasos personales y políticos, las muertes y catástrofes naturales que
lo rodean doquiera va. Pero eso son mitos, representaciones metafísicas de una
ruina más honda. De Bergoglio El Desgraciado.