BUSCANDO UN CHIVO EXPIATORIO
Thierry Meyssan
Thierry Meyssan
Lunes, 24 de octubre de 2016: Alemania, Francia, Rusia y Ucrania trataron en Berlín de desbloquear los conflictos que tienen lugar en Ucrania y Siria. Sin embargo, desde un punto de vista ruso, esos bloqueos sólo existen porque el objetivo de Estados Unidos no es la defensa de la democracia que tanto proclama Washington sino impedir el desarrollo de Rusia y China cerrándoles las “rutas de la seda”. Al disponer de ya evidente superioridad en materia de guerra convencional, Moscú hizo todo lo posible por conectar el Medio Oriente con el este de Europa. Y lo logró concediendo la prolongación de la tregua en Siria a cambio del cese del bloqueo de la aplicación de los acuerdos de Minsk. Mientras tanto, Washington sigue tratando de hacer recaer su propia culpabilidad sobre alguno de sus aliados. Al no lograrlo con Turquía, la CIA se vuelve ahora hacia Arabia Saudita. Red Voltaire | Damasco (Siria) | 21 de octubre de 2016
El
conflicto que enfrenta a Estados Unidos con Rusia y China
se desarrolla en dos frentes: por un lado, Washington busca un chivo
expiatorio para hacerlo responsable de la guerra contra Siria, mientras
que Moscú –que ya vinculó la cuestión siria con el tema yemenita– trata de
agregarles el tema de Ucrania.
Washington
busca un chivo expiatorio
Para
salir de esta situación con la frente alta, Estados Unidos tiene que
atribuir la responsabilidad de sus crímenes a alguno de sus aliados.
Y tiene 3 posibilidades: endilgarle la culpa a Turquía, a Arabia
Saudita o a las dos juntas. Turquía está presente en Siria y
en Ucrania, pero no en Yemen; mientras que Arabia Saudita está
presente en Siria y Yemen, pero no en Ucrania.
Turquía
Disponemos
ahora de información verificada sobre lo que realmente sucedió
en Turquía el pasado 15 de julio, y esa información nos obliga a
revisar nuestro juicio inicial.
En primer
lugar, era evidente que poner la dirección de las hordas yihadistas
en manos de Turquía después del atentado que sacó del juego
al príncipe saudita Bandar ben Sultán no podia traer
otra cosa que problemas.
En efecto,
Bandar era un intermediario obediente, pero Erdogan seguía su propia
estrategia, tendiente a la creación de un 17º imperio turco-mongol,
lo cual lo llevaría a utilizar los yihadistas en misiones diferentes a
lo previsto en Washington.
Además, Estados
Unidos no podía dejar de castigar al presidente turco Erdogan por
acercar su país a Rusia en el plano económico, a pesar de ser
Turquía un país miembro de la OTAN.
En fin,
en plena crisis alrededor del poder mundial, el presidente turco Erdogan
se convertía en chivo expiatorio ideal para salir de la crisis siria.
Desde un
punto de vista estadounidense, el problema no es Turquía,
indispensable como aliado regional, ni el MIT (los servicios secretos
turcos) de Hakan Fidan, quien organiza el movimiento yihadista en todo el
mundo, sino Recep Tayyip Erdogan.
Por
consiguiente, la National Endowment for Democracy (NED) trató primeramente,
en agosto de 2013, de llevar a cabo una revolución de color
organizando manifestaciones en el parque Gezi de Estambul.
Esa operación
fracasó o Washington cambió de idea.
Se
decidió entonces derrocar a los islamistas del AKP a través de las urnas.
La CIA organizó la transformación del HDP en un verdadero partido de las
minorías y preparó a la vez una alianza entre esa formación política
turca y los socialistas del CHP. El HDP adoptó un programa
muy abierto de defensa de las minorías étnicas (los kurdos) y de las
minorías sociales (feministas y homosexuales) e incluyó el tema ecológico.
El CHP fue reorganizado, tanto para disimular el hecho que los
alevitas [1].
estaban excesivamente representados en el seno de ese partido como para
promover la candidatura del ex presidente de la Corte Suprema. Pero,
aunque el AKP perdió las elecciones en julio de 2015,
no fue posible concretar la alianza entre el CHP y el HDP.
Así que hubo que realizar nuevas elecciones legislativas en noviembre
de 2015, elecciones que Recep Tayyip Erdogan “arregló” descaradamente.
Washington
decidió entonces proceder a la eliminación física de Erdogan. Entre noviembre
de 2015 y julio de 2016 hubo 3 intentos de asesinato contra Erdogan.
Contrariamente a lo que se dijo, la operación del 15 de julio de 2016,
no era una intentona golpista sino una operación para liquidar solamente
al presidente turco. La CIA había utilizado los vínculos industriales
y militares turco-estadounidenses para reclutar dentro de la fuerza aérea turca
un pequeño equipo que se encargaría de eliminar al presidente durante sus
vacaciones. Pero ese equipo fue traicionado por varios oficiales islamistas
(estos últimos constituyen casi un 25% de las fuerzas armadas turcas) y
el presidente fue advertido una hora antes de la llegada del comando que
iba a “encargarse” de él. Erdogan fue trasladado a Estambul, bajo la
protección de militares leales a su régimen. Conscientes de las previsibles
consecuencias de su fracaso, los conspiradores iniciaron un golpe de
Estado sin preparación previa y en momentos en que todavía existía
una intensa circulación de personas en Estambul. Por supuesto,
fracasaron. El objetivo de la subsiguiente represión no era sólo
arrestar a los autores del intento de asesinato, ni tampoco a los
militares que se unieron al golpe de Estado improvisado sino más bien
a todos los pro-estadounidenses: primeramente, a los laicos kemalistas y luego
a los islamistas seguidores de Fethullah Gulen. En total, más de
70 000 personas fueron puestas bajo investigación y hasta hubo que
liberar presos comunes para tener dónde encarcelar a los
pro-estadounidenses.
La manía
de grandeza del presidente Erdogan y su aparatoso Palacio Blanco, su
manipulación de las elecciones y la represión que ha desatado contra todo
el que no esté totalmente de acuerdo con él
lo convierten en chivo expiatorio ideal de los errores cometidos
en Siria. Sin embargo, el hecho que haya logrado sobrevivir a
una revolución de color y 4 intentos de asesinato hace pensar que
no será posible sacarlo del juego rápidamente
Arabia
saudita
Para
Estados Unidos, Arabia Saudita es tan indispensable como Turquía, por
3 razones: primeramente, por sus reservas de petróleo, de volumen y
calidad excepcionales –aunque lo que le interesa a Washington ya
no es consumir ese petróleo sino sólo controlar su venta–; por los
enormes volúmenes de dinero que maneja el reino (pero sus ingresos han
sufrido una caída del 70%) y que permitían financiar operaciones secretas
sin control del Congreso estadounidense; y, finalmente, por el control que
ejerce sobre las fuentes del yihadismo. En efecto, desde 1962 y la
creación de la Liga Islamista Mundial, Riad financia, por cuenta de
la CIA, la Hermandad Musulmana y la cofradía de los Naqchbandis, las
dos cofradías de donde provienen todos los cuadros yihadistas del mundo.
Pero el
carácter anacrónico de Arabia Saudita, propiedad privada de una familia de
príncipes que nada tiene que ver con los principios comúnmente reconocidos
de la libertad de expresión y la libertad religiosa, exige cambios radicales.
Debido a
ello, la CIA organizó, en enero de 2015, la sucesión del rey
Abdallah. La noche misma del fallecimiento del soberano, la mayoría de los
incapaces fueron apartados de sus cargos y el país fue enteramente
reorganizado siguiendo un plan previo. En este momento, el poder se halla
repartido entre tres clanes principales: el rey Salman (y su querido
hijo el príncipe Mohamed), el hijo del príncipe Nayef (el otro
príncipe Mohamed) y el hijo del difunto rey (el príncipe Mutaib,
comandante de la Guardia Nacional).
En la práctica,
el rey Salman –de 81 años– permite que su hijo, el dinámico príncipe
Mohamed –de 31 años– gobierne por él. Y este príncipe Mohamed
incrementó la injerencia saudita en Siria, luego emprendió la guerra
contra Yemen. En el plano interno, ha iniciado un amplio
programa de reformas económicas y de carácter social enmarcadas en su llamada «Visión
para 2030».
Pero los
resultados se hacen esperar. El reino saudita se ha empantanado
en Siria y en Yemen y esta última guerra incluso le está
costando más caro de lo que esperaba debido a las incursiones de los hutis
en territorio saudita y las derrotas que han logrado infligir al ejército de
Riad. En el plano económico, las reservas petroleras están llegando a
su fin y la derrota en Yemen impide a los sauditas la explotación de
lo que se ha dado en llamar el «la Cuarta Parte Vacía», o sea
la región que abarca parte de los dos países. Cierto es que
la caída de los precios del petróleo ha permitido a Arabia Saudita
eliminar a varios de sus competidores, pero también ha agotado
el Tesoro del reino, que ahora se ve obligado a buscar préstamos
en los mercados internacionales.
Arabia
Saudita nunca ha sido tan poderosa y a la vez tan frágil.
La represión política alcanzó su apogeo con la decapitación del jefe de la
oposición, el jeque Al-Nimr. La rebelión va más allá de la
minoría chiita y se extiende también a las provincias sunnitas del oeste.
En el plano internacional, la coalición árabe es ciertamente
impresionante, pero hace agua por todas partes desde que Egipto se retiró
de ella. El público acercamiento de Arabia Saudita a Israel
en contra de Irán escandaliza al mundo árabe y musulmán. Más que ser
una alianza más, el acercamiento entre Riad y Tel Aviv demuestra el
pánico que embarga a la familia real, hoy objeto del odio de todos.
Visto
desde Washington, ha llegado el momento de escoger a los elementos que sería
conveniente salvar en Arabia Saudita y deshacerse de los demás. La simple
lógica indicaría un regreso la anterior repartición del poder entre el clan de los
Sudairis –pero sin el príncipe Mohamed ben Salman, quien ya
demostró su incapacidad– y los Chammar –la tribu del difunto rey
Abdallah.
Tanto
para Washington como para los súbditos sauditas, lo mejor sería que
falleciera el rey Salman. Su hijo Mohamed se vería entonces
apartado del poder, que iría a manos del otro príncipe Mohamed
(el hijo de Nayef), mientras que el príncipe Mutaib se mantendría
en el puesto que actualmente ocupa, a la cabeza de la Guardia Nacional.
En Arabia
Saudita, al igual que en Turquía y en otros países aliados de
Estados Unidos, la CIA trata de mantener las cosas
como están. Y para ello se limita a organizar por debajo de
la mesa intentos de cambios de dirigentes, pero sin tocar
las estructuras. El carácter puramente cosmético de esas
modificaciones facilita que su trabajo se mantenga en la sombra.
Moscú
trata de negociar juntos el Medio Oriente y Ucrania
Rusia logró
establecer una conexión entre los campos de batalla de Siria
y Yemen. Su despliegue militar en el Levante es público desde
hace un año, pero también está presente desde hace 3 meses
–de manera no oficial– en Yemen, donde participa activamente en
los combates. Al negociar simultáneamente el alto al fuego
en Alepo y otro alto al fuego en Yemen, Rusia obligó a
Estados Unidos a vincular ambos teatros de operaciones. En esos
dos países, las fuerzas rusas muestran su superioridad
en materia de guerra convencional ante los aliados de Washington,
evitando la confrontación directa con el Pentágono. Con esa finta, Moscú
evita tener que implicarse en Irak, a pesar de sus antecedentes
históricos en ese tercer país.
Sin
embargo, la disputa entre los Dos Grandes se origina fundamentalmente
en el corte de las dos rutas de la seda, primero en Siria y
después en Ucrania. Lógicamente, Moscú trata por eso de vincular los
dos asuntos en sus negociaciones con Washington. Esto resulta muy lógico,
sobre todo teniendo en cuenta que la propia CIA ya creó un
vínculo entre los dos campos de batalla a través de Turquía.
Al viajar
a Berlín, el 19 de octubre, el presidente ruso Vladimir Putin y su ministro de
Exteriores Serguei Lavrov tenían intenciones de convencer a Alemania y Francia,
fuera de la presencia de Estados Unidos, de vincular estos temas.
Así que extendieron la tregua en Siria a cambio del cese del
bloqueo de los acuerdos de Minsk por parte de Ucrania,
un trato que no dejará de irritar a Washington, que hará todo
lo que esté en sus manos para sabotearlo.
Por
supuesto, al final Berlín y Londres acabarán alineándose detrás de su amo
otaniano. Pero, desde el punto de vista de Moscú más vale
un conflicto congelado que una derrota –tanto en Ucrania como en
Transnistria, por ejemplo. Además, todo lo que afecte la unidad de
la OTAN acerca el fin de la supremacía estadounidense.