EL GRAN VIRAJE SAUDITA
por Thierry Meyssan
Durante los últimos 35 años,
Arabia Saudita ha venido apoyando todos los movimientos yihadistas, incluyendo
los más extremistas. Pero ahora Riad parece cambiar súbitamente de política. Al
ver amenazada su propia existencia por la posibilidad de un ataque del Emirato
Islámico (ex EIIL), Arabia Saudita ha dado la señal para la destrucción de esa
organización. Pero, a pesar de las apariencias, el Emirato Islámico sigue
disponiendo del respaldo de Turquía e Israel, países que comercializan el
petróleo robado por ese grupo yihadista.
Red Voltaire | Damasco (Siria) |
1ro de septiembre de 2014
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En esta foto, divulgada por el
Emirato Islámico, puede verse uno de sus hombres armado con un fusil de asalto
francés Famas, aunque París sigue negando tener contacto con esa organización
yihadista. En realidad, Francia envió armas al Ejército Sirio Libre, que a su
vez tenía orden de entregar dos tercios de ese armamento al Frente al-Nusra (o
sea, al-Qaeda en Siria), como se explica en un documento que Siria entregó al
Consejo de Seguridad de la ONU. Posteriormente, unidades de al-Nusra se sumaron
–con el armamento recibido de Francia– a las fuerzas del Emirato Islámico.
Además, contrariamente a las declaraciones oficiales, el jefe del Emirato
Islámico, el hoy autoproclamado califa Ibrahim, era al mismo tiempo miembro del
estado mayor del Ejército Sirio Libre bajo el nombre de Ibrahim
al-Badri.Elemento preliminar:
el Emirato Islámico es una
creación de Occidente
La unanimidad del Consejo de
Seguridad de la ONU contra el Emirato Islámico y la adopción de la resolución
2170 no pasan de ser una imagen de fachada que no puede hacernos olvidar el
respaldo estatal que el Emirato Islámico ha recibido y que aún sigue
recibiendo.
Para referirnos únicamente a los
recientes acontecimientos de Irak, todo el mundo ha podido observar que los
hombres del Emirato Islámico entraron en ese país a bordo de columnas de
Humvees, tan relucientes que parecían acabados de salir de las fábricas de la
firma estadounidense American Motors Corporation, y con armamento ucraniano,
igualmente acabado de fabricar. Fue con ese equipamiento que se apoderaron del
armamento estadounidense del ejército iraquí. Y todo el mundo se sorprendió al
ver que el Emirato Islámico disponía de administradores civiles capaces de
hacerse cargo al momento de la administración de los territorios conquistados y
de especialistas en propaganda capaces de divulgar sus acciones utilizando
internet y la televisión, personal claramente formado en Fort Bragg.
Aunque la censura estadounidense
impidió la difusión de información al respecto, a través de la agencia británica
Reuters pudo conocerse la realización de una sesión secreta del Congreso de
Estados Unidos donde se aprobó –en enero de 2014– el financiamiento y la
entrega de armamento al Ejército Libre Sirio, al Frente Islámico, al Frente
al-Nusra y al Emirato Islámico [entonces conocido como EIIL] hasta el próximo
30 de septiembre [1]. Unos días después, la televisión saudita Al-Arabiya se
jactaba de que el verdadero jefe del Emirato Islámico era el príncipe saudita
Abdul Rahman [2]. Más tarde, el 6 de febrero, el secretario del Departamento
estadounidense de Seguridad de la Patria [Homeland Security] se reunía en
Polonia con los principales ministros de Interior europeos para pedirles que
mantuviesen a los yihadistas europeos en el Levante prohibiéndoles el regreso a
sus países de origen. El verdadero objetivo de esa medida era garantizar que el
Emirato Islámico contara con suficientes hombres para su ofensiva contra Irak
[3]. Y, finalmente, a mediados de febrero un seminario de 2 días reunió a los
miembros del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos con los jefes de
los servicios secretos aliados implicados en Siria, probablemente para preparar
la ofensiva del Emirato Islámico en Irak [4].
(Reportaje realizado en agosto de
2012 sobre el fanatismo religioso de la supuesta «oposición democrática»)
Es indignante observar como los
medios de prensa internacionales han comenzado últimamente a denunciar los
crímenes de los yihadistas en Irak, sin mencionar que se trata de los mismos
actos de barbarie que vienen perpetrando ininterrumpidamente en Siria desde
hace 3 años.
No son nuevos los degollamientos
y las decapitaciones públicas ni tampoco las crucifixiones. Por ejemplo, en
febrero de 2012, el emirato islámico creado en el barrio de Baba Amro –en la
ciudad siria de Homs– creó un «tribunal religioso» que condenó más de 150
personas a ser degolladas, sin que esas muertes diesen lugar a ningún tipo de
reacción de parte de las potencias occidentales ni de la ONU [5]. En mayo de
2013, el comandante de la Brigada al-Faruk del Ejército Sirio Libre (los
famosos «moderados» que tanto defiende Occidente) difundió en internet un video
donde se le veía mutilando el cuerpo de un soldado sirio y comiéndose su
corazón. A pesar de tales atrocidades, en aquella época los occidentales
seguían presentando a aquellos yihadistas como «opositores moderados», pero
desesperados, que luchaban por la «democracia». La británica y flemática BBC
incluso llegó a entrevistar al caníbal anteriormente mencionado para darle la
oportunidad de justificar su acto de barbarie.
No cabe duda de que la diferencia
que el ministro francés de Relaciones Exteriores Laurent Fabius establecía
entre yihadistas «moderados» (el Ejército Sirio Libre y el Frente al-Nusra –o
sea al-Qaeda– hasta inicios de 2013) y yihadistas «extremistas» (el mismo
Frente al-Nusra, pero a partir de 2013, y el Emirato Islámico) es un mero truco
de propaganda.
El caso del califa Ibrahim
resulta perfectamente esclarecedor. En mayo de 2013, durante el encuentro del
senador estadounidense John McCain con los jefes del Ejército Sirio Libre, este
personaje era simultáneamente miembro del estado mayor «moderado» y líder de la
facción «extremista» [6]. Asimismo, en una carta del 17 de enero de 2014, el
general Salim Idriss, jefe del estado mayor del Ejército Sirio Libre, reconoce
que Francia y Turquía le suministraban cargamentos de municiones, de las que
una tercera parte estaba destinada al Ejército Sirio Libre mientras que los
otros dos tercios iban a parar a manos de al-Qaeda a traves del «moderado»
Ejército Sirio Libre. La delegación de Francia no se atrevió a cuestionar la
autenticidad de ese documento, presentado al Consejo de Seguridad de la ONU por
el embajador de Siria, Bachar Jaafari [7].
John McCain se reúne con el
estado mayor del Ejército Sirio Libre. A la izquierda, en primer plano, aparece
Ibrahim al-Badri, que es la persona con la que está hablando el senador
estadounidense. También está presente el general Salim Idriss (con
gafas).Sabiendo lo anterior, resulta evidente que durante el mes de agosto de
2014 se han producido cambios en la actitud de algunas potencias miembros de la
OTAN y del Consejo de Cooperación del Golfo, que han pasado de un respaldo
secreto –aunque masivo y permanente– a una franca hostilidad. ¿Por qué?
La doctrina Brzezinki del
yihadismo
Es necesario remontarnos a hace
35 años atrás para comprender la importancia del viraje que está dando hoy
Arabia Saudita –y quizás Estados Unidos. Desde 1979, Washington, instigado por
el entonces consejero de seguridad nacional Zbignew Brzezinski, decide
respaldar el islam político para contrarrestar la influencia soviética, apuesta
a la que ya había recurrido anteriormente en Egipto, donde Estados Unidos
respaldó a la Hermandad Musulmana para debilitar el gobierno de Gamal Abdel
Nasser.
Brzezinski decidió iniciar una
gran «revolución islámica» desde Afganistán –entonces bajo el régimen comunista
de Nur Muhamed Taraki– e Irán, donde el propio Brzezinski organizó el regreso
del imam Ruhollah Khomeiny. Según la visión de Brzezinski, aquella revolución
islámica debía extenderse por el mundo árabe, arrasando a su paso con los
movimientos nacionalistas vinculados a la URSS.
La operación alcanzó un éxito
inesperado en Afganistán: los yihadistas de la Liga Anticomunista Mundial (WACL)
[8], reclutados entre los miembros de la Hermandad Musulmana y encabezados por
el anticomunista Osama ben Laden, emprendieron una campaña terrorista que llevó
al gobierno afgano a reclamar la ayuda de los soviéticos. El Ejército Rojo
entró en Afganistán, donde se empantanó durante 5 años, lo cual aceleró el
derrumbe de la URSS.
Pero en Irán fue un desastre:
Brzezinski se quedó estupefacto al descubrir que Khomeiny no era el hombre que
le habían descrito –un viejo ayatola deseoso de recuperar las tierras
confiscadas por el shah– sino un verdadero antiimperialista. Al darse cuenta,
tardíamente, de que la palabra «islamista» no significaba lo mismo para todo el
mundo, Brzezinski decidió establecer una diferencia entre los “buenos” sunnitas
(colaboradores) y los “malos” chiitas (antiimperialistas) y poner la dirección
de los primeros en manos de Arabia Saudita.
Finalmente, en el marco de
aquella renovación de la alianza entre Washington y los Saud, el presidente
estadounidense James Carter anunció, en su discurso sobre el Estado de la Unión
pronunciado el 23 de febrero de 1980 que en lo adelante el acceso al petróleo
del Golfo era para Estados Unidos un objetivo de seguridad nacional.
Desde aquel momento, los
yihadistas recibieron la tarea de hacerse cargo de todos los golpes bajos
contra los soviéticos (y posteriormente contra los rusos) y contra los
regímenes árabes nacionalistas o recalcitrantes. Las cosas se complicaron
durante el periodo transcurrido desde que se acusó a los yihadistas de haber
fomentado y realizado los atentados del 11 de septiembre de 2001 hasta el
anuncio de la supuesta muerte de Osama ben Laden en Pakistán (en mayo de 2011).
Había que negar toda relación con los yihadistas y, al mismo tiempo,
utilizarlos como pretexto para intervenir. Pero en 2011 las cosas se hicieron
nuevamente más claras con la colaboración oficial entre los yihadistas y la
OTAN contra los gobiernos de Libia y Siria.
El viraje saudita de agosto de
2014
Durante 35 años Arabia Saudita
financió y armó todas las corrientes políticas musulmanas, a condición
1) de que fueran sunnitas,
2) de que afirmaran que el modelo
económico de Estados Unidos es compatible con el islam y
3) de que garantizaran que
mantendrían cualquier contrato que su país hubiese firmado con Israel.
Durante 35 años, la inmensa
mayoría de los sunnitas prefirió ignorar la complicidad entre los yihadistas y
el imperialismo; se declaró solidaria con todo lo que estos hicieron y todo lo
que les atribuyeron. Y también legitimó el wahabismo como una forma auténtica
del islam, a pesar de las destrucciones de lugares sagrados en Arabia Saudita.
Sorprendida ante el inicio de la
llamada «primavera árabe», a cuya preparación no había sido invitada, Arabia
Saudita se inquietó al ver el papel que Washington confiaba a Qatar y a la
Hermandad Musulmana. Así que Riad no tardó en entrar en competencia con Doha
para servir de padrino a los yihadistas en Libia y, sobre todo, en Siria.
Posteriormente, el rey Abdallah
acudió en ayuda de la economía egipcia cuando el general Abdel Fattah al-Sissi,
ya convertido en presidente de Egipto, puso en manos de Riad y de los Emiratos
Árabes Unidos los expedientes policiales de todos los miembros de la Hermandad
Musulmana. Además, ya en el marco de la lucha contra la cofradía, en febrero de
2014, el general al-Sissi descubrió y reveló a los interesados el plan
detallado de la Hermandad Musulmana para derrocar los gobiernos en Riad y Abu
Dabi. En unos días, los conspiradores fueron arrestados y confesaron mientras
que Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos amenazaban al padrino de la
Hermandad Musulmana –Qatar– con destruirlo si no renunciaba de inmediato a
seguir apoyando la cofradía.
Riad no tardó en descubrir que la
gangrena también abarcaba el Emirato Islámico y que este último se disponía a
atacar Arabia Saudita después de apoderarse de un tercio del territorio iraquí.
Los Emiratos Árabes Unidos y
Egipto pulverizaron el candado ideológico pacientemente construido a lo largo
de 35 años. El 11 de agosto, el gran imam de la universidad Al-Alzhar, Ahmad
al-Tayyeb, condenaba severamente el Emirato Islámico y al-Qaeda. Lo mismo hizo,
al día siguiente, el gran muftí de Egipto, Shawki Allam [9].
El 18 y el 22 de agosto, Abu Dabi
bombardeó, con ayuda del Cairo, las posiciones de grupos terroristas en
Trípoli, la capital libia. Dos Estados sunnitas se aliaban por primera vez en
un ataque contra extremistas sunnitas en territorio de un tercer Estado
sunnita. El blanco de los ataques fue una alianza en la que figuraba Abdelhakim
Belhaj, el ex número 3 de al-Qaeda, nombrado gobernador militar de Trípoli por
la OTAN después del derrocamiento de Kadhafi [10]. Hasta ahora parece que esas
acciones fueron emprendidas sin que Washington fuese informado previamente.
El 19 de agosto, el gran muftí de
Arabia Saudita, jeque Abdul-Aziz Al al-Sheikh, se decidía –por fin– a calificar
a los yihadistas del Emirato Islámico y de al-Qaeda de «enemigos número 1 del
islam» [11].
Las consecuencias del viraje
saudita
El viraje de Arabia Saudita ha
sido tan repentino que los actores regionales no han tenido tiempo de adaptarse
a él y ahora se ven en posiciones contradictorias en diferentes aspectos. En
general, los aliados de Washington condenan las acciones del Emirato Islámico
en Irak, pero no en Siria.
Más sorprendente aún. Aunque el
Consejo de Seguridad de la ONU condenó el Emirato Islámico en su declaración
presidencial del 28 de julio y en su resolución 2170 del 15 de agosto, es
evidente que la organización yihadista sigue recibiendo apoyo de varios Estados:
en franca violación de los principios que esos textos invocan y establecen, el
petróleo iraquí robado por el Emirato Islámico transita a través de Turquía,
allí –más exactamente en el puerto de Ceyhan– se carga en barcos cisterna que
hacen escala en Israel, de donde parten nuevamente hacia Europa. Por el momento
no se mencionan los nombres de las empresas involucradas, pero es evidente la
responsabilidad de Turquía e Israel.
Por su parte, Qatar, país que
alberga numerosas personalidades de la Hermandad Musulmana, sigue afirmando que
ya no tiene nada que ver con el Emirato Islámico.
Reunión de los ministros de
Relaciones Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos, Egipto y… Qatar en Jedda,
el 24 de agosto de 2014, para coordinar el enfrentamiento con el Emirato
Islámico. Jordania estuvo representada en ese encuentro. En conferencias de
prensa previamente coordinadas, los ministros de Relaciones Exteriores de Rusia
y Siria, Serguei Lavrov y Walid Muallem, llamaron a la formación de una
coalición internacional contra el terrorismo. Pero Estados Unidos, mientras
sigue preparando con los británicos la realización de operaciones terrestres en
territorio sirio (la «Fuerza de Intervención Negra» [12]), ha rechazado aliarse
a la República Árabe Siria y se obstina en exigir la renuncia del presidente
sirio Bachar al-Assad.
El choque que acaba de poner fin
a 35 años de política saudita ahora se transforma en enfrentamiento entre Riad
y Ankara. Ya en este momento, el PKK –partido kurdo presente en Turquía y
Siria, formación que Washington y la Unión Europea aún tienen clasificada como
una organización terrorista– está recibiendo apoyo del Pentágono contra el
Emirato Islámico. En efecto, contrariamente a las afirmaciones equívocas de la
prensa atlantista, no son los peshmergas del Kurdistán iraquí sino los
combatientes del PKK provenientes de Turquía y Siria quienes rechazaron durante
los últimos días las embestidas del Emirato Islámico, con apoyo de la aviación
estadounidense.
Conclusión provisional
Es difícil saber si la actual
situación es real o un simple montaje. ¿Estados Unidos tiene realmente
intención de destruir el Emirato Islámico que ayudó a construir y que se le ha
ido de las manos o sólo quiere debilitarlo y conservarlo como instrumento
político regional? ¿Ankara y Tel Aviv apoyan el Emirato Islámico por cuenta de
Washington o contra Washington? ¿O será que están utilizando las disensiones
internas existentes en Estados Unidos? ¿Se atreverán los Saud, con tal de
salvar su monarquía, a aliarse con Irán y Siria, poniendo así en peligro el
dispositivo de protección de Israel?
doc
Thierry Meyssan