Miércoles 02 de Julio de 2014 11:11
Los cuerpos
de tres adolescentes israelíes, secuestrados 18 días atrás, fueron encontrados
sin vida el pasado lunes 30 de junio en la ciudad palestina de Haloul. La
búsqueda de los jóvenes había desencadenado en un frenesí sin igual en la
sociedad israelí que clamaba por su pronta aparición y la consiguiente
venganza.
Por Ezequiel
Kopel
Los cuerpos
de tres adolescentes israelíes, secuestrados 18 días atrás, fueron encontrados
sin vida el pasado lunes 30 de junio en la ciudad palestina de Haloul. La búsqueda
de los jóvenes había desencadenado en un frenesí sin igual en la sociedad
israelí que clamaba por su pronta aparición y la consiguiente venganza. La
reacción de las fuerzas de seguridad y de la dirigencia política israelíes ante
la confirmación de las muertes no tardó en llegar: durante la madrugada del
mismo lunes Israel bombardeó Gaza e ingresó a campos de refugiados palestinos
en Cisjordania, provocando la muerte de, al menos, un joven de 16 años. Además,
en la mañana del martes el cuerpo de un adolescente palestino residente en
Jerusalén fue encontrado carbonizado luego de ser secuestrado en lo que se
sospecha fue un acto de revancha organizado por extremistas judíos.
El primer
ministro de Israel, Benjamín Nethanyahu, acusó durante toda la búsqueda a la
cúpula de Hamás por planificar el secuestro pero hasta el día de la
fecha el premier israelí no ha mostrado ninguna prueba contundente que
incrimine a la conducción de esta organización y sólo ha presentado los nombres
de dos de sus militantes, Marwan Qawasmeh y Amar Abu Aisha. Según el periodista
israelí Shlomi Eldar, especialista en el manejo de poder dentro del movimiento
Hamás, la culpa del secuestro sí recae, en cambio, en el clan Qawasmeh,
de la ciudad de Hebrón, quienes simpatizan con el movimiento islámico pero
asegura que los acusados han actuado independientemente de las órdenes de la
conducción de la organización. El mencionado clan ha sufrido la muerte de
quince integrantes desde el comienzo de la Segunda Intifada (nueve de ellos al
cometer atentados suicidas contra Israel) y tiene un comprobado historial de
acciones violentas posterior a cualquier esfuerzo de Hamás por intentar
alcanzar una tregua con Israel, o cualquier otro acuerdo que lo obligue a
moderarse. El clan Qawasmeh ya saboteó los ceses al fuego o tahadiyeh
(periodo de calma) acordados en 2003 y 2004 por los líderes máximos de Hamás e
Israel.
Durante la
búsqueda de los secuestrados, Nethanyahu también apuntó al presidente palestino
Mahmmoud Abbas como el responsable máximo del secuestro de los tres
adolescentes debido a que éste formó un gobierno de unidad nacional con el
movimiento Hamás. La acusación parece ser una suerte de "culpable por
asociación". Lo único cierto hasta ahora es que el secuestro fue realizado
en el Área C de Cisjordania, zona que Israel controla civil y
militarmente y son los israelíes los que han fallado en proteger a sus colonos.
Lo cual, a la vez, es una tarea imposible porque cuidar a una población
extremista, implantada en el medio de una metrópoli y poblados árabes mientras
se les permite armarse hasta los dientes, es una invitación al desastre, al
igual que la propuesta del ministro de Defensa israelí, Moshe Ya'alon, quien
instó a su gobierno a aumentar la construcción en los asentamientos y propuso la
creación de una nueva gran colonia como respuesta al homicidio de los
adolescentes.
Dicho todo
lo anterior, es necesario destacar que los tres jóvenes no fueron asesinados
por hacer dedo en Tel Aviv o en Haifa: fueron muertos en Cisjordania, donde
hacían dedo para trasladarse de una colonia a otra porque son vistos por los
palestinos como colonos que ocupan su tierra ilegalmente desde hace más de 40
años. Hasta el día de hoy los israelíes no han comprendido que ocupar un pueblo
tiene consecuencias, las cuales no son placenteras ni humanas, simplemente
porque es imposible naturalizar una ocupación o los miles de presos que existen
en cárceles israelíes, no sólo por actividades terroristas, sino tan sólo por
su militancia política. Moverse por Cisjordania como patrón de estancia
tiene sus consecuencias y muchas son terribles; no tienen justificación humana
y son repudiables pero sí tienen una explicación histórica. Es tiempo de que la
sociedad israelí admita que la ocupación tiene sus consecuencias. Es hora de
dejar de ser una Nación que siempre apunta con el dedo a las demás mientras se
lamenta por las tragedias ocurridas sin reconocer sus causas sino será
imposible encontrar alguna solución al conflicto israelí. Y hay que decirlo,
porque callar es mentir: los tres jóvenes asesinados estudiaban religión en los
territorios palestinos colonizados; dos de ellos vivían en el territorio
palestino ocupado de Tamon y estudiaban en la yeshiva del también
territorio palestino ocupado Makor Chaim; el tercero estudiaba en Shavey
Hevron, territorio palestino ocupado y con una de las yeshivas más
extremistas que existen. También es necesario tener en cuenta que cuando
se habla de niños y secuestros, Israel detiene ilegalmente a más de 700 niños
palestinos por año, según fuentes de UNICEF, y ha asesinado a más de 1500 desde
el comienzo de la Segunda Intifada.
La
responsabilidad de estar en una situación de riesgo constante no fue, por
supuesto, de los jóvenes: la culpa de poner en riesgo sus vidas, viviendo en el
medio de Palestina, es del conjunto de la sociedad israelí, que ha votado
mayoritariamente a un gobierno que otorga incentivos económicos por vivir en
casas estilo country, con piscinas y aires acondicionados frente a poblaciones
que carecen hasta de agua corriente; que transfiere nuevos inmigrantes hacia
esas zonas sin explicarles dónde y rodeado de quiénes y en qué situación van a
vivir; una sociedad que desde hace más de 14 años ha votado a gobiernos de
derecha que prefieren colonizar y destruir antes que ocuparse de cosas más
pertinentes como el real cuidado de sus ciudadanos. No es cierto que todo sea
culpa del odio, que por supuesto existe en una región en conflicto, pero más de
40 años de ocupación ponen en jaque esa simplificadora explicación. A los
israelíes les gusta repetir: "lo único que los árabes entienden es la
fuerza". Este axioma pareciera ser al revés puesto que por medio de
la fuerza Israel se retiró del Sinaí, del Líbano y, parcialmente, de Gaza. El
Estado de Israel nunca retribuyó las conversaciones de paz: cuando una de ellas
se firmó en Oslo, triplicó la población de colonos en los territorios ocupados;
cuando Nethanyahu negoció recientemente con Abbas, aumentó la construcción en
las colonias. Israel insiste públicamente en “querer la paz" pero una paz
como construcción abstracta pues ¿qué tipo de paz alega? ¿Una paz donde quien
la declama secuestra, detiene ilegalmente, asesina, destruye fábricas, ocupa
tierras cultivables, limita la libre circulación, expropia el agua, no permite
reunirse a familias enteras y confisca viviendas? Los hechos, entonces, indican
que la única paz preferida por Israel es la de los cementerios.
Ya en 2001,
en una extraordinaria crítica a las ocupaciones, el recientemente fallecido
Juan Gelman reflexionaba con mucho dolor, el mismo que siente quien escribe -un
ciudadano argentino-israelí que hace propias las sentidas palabras del poeta:
“¿Qué tienen que ver con el judaísmo esas políticas de Israel? Los judíos
siempre fuimos perseguidos, nunca perseguidores; discriminados, nunca
discriminadores; marginalizados, nunca marginadores; sitiados, nunca
sitiadores. Nada tiene que ver a estas alturas el Estado de Israel con la
tradición judía, la más democrática del mundo, creada desde abajo en la
diáspora y conservada a lo largo de los siglos. Sé que estas opiniones serán
calificadas de antisemitas por quienes no quieren oír, ni ver, ni hablar, como
los tres monos de la India. La táctica de confundir las críticas al Estado de
Israel con el antisemitismo me recuerda la pretensión de la más reciente
dictadura militar argentina, que llamó ´campaña antiargentina´ a toda denuncia
de sus crímenes. Sólo me explico la tristeza particular que las políticas
genocidas del Estado de Israel me causan porque soy verdaderamente judío.
Porque una vez, de niño y con fiebre altísima, mi padre se sentó junto a mi
cama para leerme en idish un cuento de Sholem Aleijem. Se llamaba ´Das messerl´
(El cuchillito) y hablaba de los dolores del ghetto.”
La foto que
ilustra el artículo es una captura del Instagram de un soldado israelí