SIRIA: UN PASADO ACCIDENTADO Y UN FUTURO INCIERTO
14 de Febrero de 2016
Traducido por El Medio
El próximo
mes de marzo marca el quinto aniversario de lo que empezó siendo otro capítulo
de la llamada Primavera Árabe y se transformó en una guerra civil, que degeneró
en una catástrofe humanitaria y, finalmente, llevó al colapso sistémico de
Siria como Estado nación.
Esa
secuencia de acontecimientos ha tenido un impacto muy profundo en prácticamente
toda la región conocida como Oriente Medio, afectando en muchos aspectos a las
naciones que la conforman, como la demografía, la composición étnico-sectaria y
la seguridad. Como el propósito de este artículo no es ofrecer un relato
histórico de los acontecimientos, bastará un breve recordatorio de algunos
aspectos clave.
Hace cinco
años, cuando tuvo lugar la primera manifestación en Deraa, al sur de Siria,
gran parte del llamado mundo árabe tenía unas expectativas muy altas
tras las revueltas en Túnez, Egipto y Libia, que parecían haber puesto fin a
décadas de gobierno despótico de los aparatos militares y de seguridad. A pesar
de sus importantes diferencias, el Estado sirio encajaba en la descripción del
prototipo de Estado árabe que se desarrolló tras la Segunda Guerra Mundial.
No era
extravagante pensar, por lo tanto, que podíamos estar ante los primeros
indicios de un descontento popular, como había pasado en otros Estados similares
en otras partes del mundo árabe. Una diferencia importante era que, cuando
empezó la revuelta, el Estado sirio, probablemente el más represor del mundo
árabe moderno, junto con el de Sadam Husein en Irak, se había embarcado en un
tímido programa de reformas y liberalización. El nuevo dictador, Bashar al
Asad, había intentado presentarse como un reformista educado en Occidente al
que le atraían algunos aspectos del pluralismo y la economía de mercado. Había
permitido la aparición de los primeros bancos de propiedad privada y privatizó
una serie de empresas estatales. También había permitido que el sector privado
tomara la iniciativa en varios sectores nuevos, especialmente el de la
telefonía móvil e internet. Por supuesto, los nuevos bancos, las empresas
privatizadas y las nuevas empresas tecnológicas eran casi todas propiedad de
miembros del clan Asad y de sus socios, mientras que el aparato militar y de
seguridad vigilaba muy de cerca todas sus actividades. Sin embargo, había
cierto acuerdo entre los observadores occidentales de Siria respecto a que el
joven Asad estaba dando los necesarios primeros pasos hacia la reforma. Esta
impresión se vio reforzada por el hecho de que el régimen permitiera la
aparición de una serie de organizaciones no gubernamentales (ONG) con
actividades muy variadas, también en materia de derechos humanos, aunque los
servicios de seguridad las vigilaran muy de cerca.
Las
potencias occidentales trataron de estimular lo que veían como un proceso de
reforma a paso lento ofreciendo a Asad ayuda económica, en gran parte a través
de la Unión Europea, y cierta deferencia a nivel diplomático. Asad fue invitado
a varias visitas de Estado de alto perfil, incluso en Gran Bretaña y Francia,
donde se le asignó un asiento de primera fila en el tradicional desfile militar
del 14 de Julio en París.
En el
momento en que los manifestantes se reunían en Deraa, la Administración Obama
estaba preparando el terreno para la visita de Asad a Washington, mientras que
los demócratas firmaban artículos de opinión elogiando al líder sirio como
reformista y moderado.
El entonces
presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de EEUU, John Kerry,
había forjado una amistad personal con Asad, al que conoció en una serie de
visitas a Damasco, donde sus respectivas esposas habían creado lazos de
simpatía.
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No mucho antes de que estallara la guerra en
Siria, Bashar al Asad era saludado como un reformista a invitado a Occidente
en visitas de Estado de alto nivel. Arriba, Bashar Asad se relaja con el entonces
primer ministro (hoy presidente) turco Recep Tayyip Erdogan (izquierda) y con
el entonces senador John Kerry (derecha).
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El hecho de
que las relaciones de Asad con la Administración Bush hubiesen sido
turbulentas, por decirlo suavemente, también favoreció a la imagen de Asad a
ojos de la Administración Obama, que estaba construyendo una política exterior
basada en un espíritu anti-Bush. (Bush había obligado a Asad a poner fin a la
ocupación de Siria del Líbano, y Asad, en represalia, permitió a los terroristas
islamistas atravesar Siria para que mataran americanos en Irak). Durante tres
décadas, Hafez al Asad había sido el único líder árabe que se había reunido en
privado con todos los presidentes de EEUU, desde Richard Nixon a Bill Clinton.
El presidente George W. Bush rompió con esa tradición al no otorgar la misma
distinción a su hijo Bashar.
Al final, el
de Asad repitió la experiencia de prácticamente todos los regímenes
autoritarios que habían probado la fórmula de la reforma guiada.
Un régimen
autoritario nunca corre más peligro que cuando intenta la liberalización.
Además, lo cierto es que no todos los regímenes autoritarios tienen mecanismos
eficaces para la reforma. En algunos casos hay que elegir entre reprimir la
demanda popular de reformas o afrontar el riesgo de un cambio de régimen. Como
sabe muy bien América Latina, mientras que la dictablanda se puede
reformar, la dictadura tiene que ser derrocada.
Tras un
periodo en el que, al modo de Hamlet, se preguntó si matar o no matar, Bashar
al Asad se decantó por lo segundo enviando sus tanques a sofocar las protestas
de Deraa. Esa fórmula ya se había intentado en 1982 en Hama, bajo la férula de
su padre, el general Hafez al Asad, y había funcionado, le que había asegurado
al régimen casi tres décadas de estabilidad.
Al igual que
otros regímenes autoritarios árabes que se enfrentan a revueltas populares, el
régimen de Asad fue, al menos en parte, víctima de sus propios y relativos
éxitos.
Las décadas
de estabilidad tras el fin efectivo, aunque no formal, del estado de guerra de
Siria contra Israel permitieron la formación de una nueva clase media urbana,
un impresionante salto cualitativo en el ámbito de las instituciones educativas
y el resurgimiento de sectores tradicionales de la economía, en especial las
industrias agrícolas y artesanas, que escapaban del control del Gobierno
central.
Los logros
de Asad en áreas como la alfabetización, la mejora de los servicios sanitarios,
que ayudaron a elevar los niveles de esperanza de vida, y el acceso a la educación
superior eran significativamente superiores la norma en los 22 países miembros
de la Liga Árabe. Había surgido una nueva clase media urbana con aspiraciones
políticas de estilo occidental, pero se vio constreñida por un sistema político
tercermundista. El problema era que esta nueva clase media, políticamente
inexperta, por no decir inmadura, no podía ir más allá de expresar sus
aspiraciones de manera azarosa. No tenía estructura ni líderes políticos que
tradujeran esas aspiraciones en una estrategia para remodelar radicalmente la
sociedad siria.
Por lo
tanto, al igual que otros países que habían experimentado la Primavera Árabe,
por no hablar de las revoluciones europeas de 1848, la revuelta siria se
enfrentaba a la posibilidad de ser derrotada por el Estado autoritario que
quería reformar. Que la revuelta no lograra desarrollar una estrategia
coherente creó un vacío que intentarían cubrir pronto otras fuerzas.
La primera
de esas fuerzas fue la Hermandad Musulmana, el más antiguo adversario del régimen
de Asad y el aparato de su Partido Árabe Socialista Baaz (Resistencia). Los
Hermanos, que se habían limitado a ser meros espectadores en las primeras fases
de la revuelta, y cuyos líderes estaban por entonces exiliados en Alemania,
reactivaron sus células durmientes y empezaron a promover un relato sectario de
musulmanes suníes contra la minoría alauita, a la cual pertenece Asad.
Paradójicamente,
el régimen propició de manera indirecta el ascenso de los Hermanos por dos
razones. La primera, porque esperaba que una dosis de sectarismo unificara a la
minoría alauita –un 10% de la población– en torno al régimen, y que convenciera
a otras minorías, sobre todo a los cristianos –en torno a un 8%–, los ismailíes
y los drusos –otro 2%–, de que tendrían mejores opciones con un régimen
autoritario secular que con uno islamista suní militante. Para asentar esa
idea, el régimen empezó a dejar libres a un gran número de islamistas suníes
militantes, entre ellos muchos de los futuros líderes del califato del Estado Islámico
(o ISIS). Asad también fijó su atención en los kurdos, que suponen cerca del
10% de la población, a los cuales se había retirado la nacionalidad siria en la
década de 1960. En un decreto presidencial, prometió devolverles la
nacionalidad y dejó entrever mayores concesiones respecto a la autonomía de las
minorías étnicas.
Al jugar la
carta sectaria, Asad también consiguió más apoyo del régimen chií de la
República Islámica de Irán. El chiismo no reconoce a los alauitas –más
conocidos en los círculos clericales como nusairíes– como musulmanes, y
mucho menos como chiíes. Sin embargo, Teherán sabía que el régimen nusairí
de Damasco no le suponía ninguna amenaza ideológico-teológica, mientras que los
Hermanos Musulmanes y su doctrina panislamista sí. Teherán necesitaba un
régimen amigo en Damasco para asegurarse el acceso continuo al vecino
Líbano, donde la República Islámica es la mayor influencia extranjera, gracias
a su patrocinio de la rama libanesa de Hezbolá.
La República
Islámica, que ya contaba con una importante presencia en Irak, necesitaba a
Siria para completar la Media Luna Chií, a la que veía como su glacis y punto
de acceso al Mediterráneo.
Incluso
entonces, la lucha por Siria no se convirtió, y ni siquiera lo es hoy, en una
guerra sectaria, pese a que internamente haya una guerra de sectarios. Hay
otras fuerzas presentes en este complejo conflicto. Entre ellas están los
disidentes del Baaz, especialmente los miembros de tendencia izquierdista que
fueron reprimidos bajo Asad padre. Los restos de los distintos partidos
comunistas sirios también están activos, ya que son grupos pequeños, pero
experimentados, de nacionalistas árabes (naseristas).
Como casi
todas las comunidades religiosas o étnicas están divididas, y algunos se
alinean con Asad y otros luchan contra él, es difícil establecer unas líneas
claras de demarcación sectaria. Incluso los kurdos están profundamente
divididos entre sí, con el PKK, el partido kurdo turco, presente durante
décadas en Siria como exiliado, que sostiene el equilibrio de poderes.
Otra
complicación añadida se debe a la implicación de un creciente número de
potencias extranjeras; la última en intervenir ha sido Rusia.
Ya hemos
mencionado la implicación de Irán para tratar de proteger un régimen con el que
nunca logró trabar una verdadera amistad. Se trató desde el principio de una
alianza por necesidad, y no por voluntad propia, porque Teherán necesitaba a
Damasco para dividir al mundo árabe durante la guerra de ocho años entre Irán e
Irak, dado el historial de rivalidad entre Asad padre y Sadam Husein por el
liderazgo del Baaz panárabe.
Asad padre
sólo visitó Teherán una vez, durante unas horas, y puso un especial cuidado en
imponer límites estrictos a la presencia iraní en Siria, mientras aprovechaba
la generosidad iraní en forma de rebajas en el precio del petróleo,
donaciones de efectivos y entrega de armas. Hasta que no llegó Basar, Siria no
permitió a Irán abrir consulados fuera de Damasco y, finalmente, constituir 14 centros
culturales para promover el islam chií. También fue con Basar cuando
Teherán y Damasco cerraron un Acuerdo de Cooperación en Defensa, relativamente
limitado, que incluía la celebración de conversaciones entre los respectivos
Estados Mayores y el intercambio de información militar.
Aunque más
de un millón de iraníes visitaran Siria cada año para peregrinar a la tumba de
Sayida Zeinab, cerca de Damasco, casi ningún sirio ha visitado Irán, mientras
que el comercio entre ambos aliados ha seguido siendo irrelevante. En una
entrevista concedida poco antes de morir en combate cerca de Alepo, el general
iraní Husein Hamadani recordaba cómo los altos mandos del Ejército sirio eran
"extremadamente reacios" a dejar que el Ejército iraní tuviera voz en
la planificación, y mucho menos en la dirección, de las operaciones militares
contra los rebeldes anti-Asad. Los generales sirios habían recibido una
formación secular, les encantaba beber, y consideraban a los iraníes unos
fanáticos medievales enredados en ideales anacrónicos.
En 2015, sin
embargo, Irán era el principal financiador del régimen de Asad. Se calcula que
Irán ha invertido unos 12.000 millones de dólares en su aventura siria, lo que
incluye el pago de los salarios de los empleados del Gobierno en las áreas que
aún controla Asad. En el momento en que se escribe esto, Irán ha perdido 143
oficiales, de capitanes para arriba, en los campos de batalla sirios. La rama
libanesa de Hezbolá, enviada a luchar a Siria por orden de Teherán, ha sido
determinante para limitar las pérdidas territoriales de Asad, especialmente en
la zona del sur próxima a la frontera con el Líbano y las montañas al oeste de
Damasco. Los cálculos más precavidos indican que las bajas de Hezbolá en 2014 y
2015 superaron las 800, un tercio más que en la guerra contra Israel de 2006.
El guía
supremo de Irán, Alí Jamenei, ha declarado públicamente que no permitirá un
cambio de régimen en Damasco; ha sido el único líder extranjero que lo ha
hecho.
Mientras
Irán es la potencia más importante que apoya a Asad, Turquía ha surgido como la
principal fuente de financiación de las fuerzas anti-Asad. En la primera década
del nuevo siglo, Turquía, cuya economía experimentaba un crecimiento estable,
invirtió más de 20.000 millones en Siria y convirtió Alepo y las provincias
adyacentes en parte de su periferia industrial. Pese a que los críticos con
Turquía la acusan de albergar ambiciones neo-otomanas de dominar Oriente Medio,
es más probable que los líderes de Ankara vean el embrollo sirio como una
oportunidad para resolver el problema de los secesionistas kurdos turcos
asentados en territorio sirio desde la década de 1980.
Los líderes
islámicos turcos moderados siempre han tenido vínculos con el movimiento
global de los Hermanos Musulmanes, y están decididos a ver cómo sus aliados
sirios acaban teniendo mucho que decir sobre el futuro de ese país.
Turquía ha
pagado más caro que Irán su implicación en Siria. A diferencia de Irán, que no
ha aceptado ni un solo refugiado sirio, Turquía ha acogido a más de 2,5
millones, lo que representa un problema humanitario y de seguridad a largo
plazo en un momento en que Ankara se enfrenta a una recesión económica y a una
creciente tensión social.
La decisión
de Ankara de espolear a un gran número de refugiados para que fueran a la Unión
Europea fue un intento de forzar a las naciones más ricas del continente a
compartir parte de la carga. Tras cuatro años de presión, Turquía no ha logrado
convencer a su aliado estadounidense de que apoye la creación de un refugio
seguro y una zona de exclusión aérea en Siria para persuadir a algunos
sirios, al menos, de que permanezcan en su país en vez de convertirse en
refugiados en Turquía y otros países colindantes.
Sin embargo,
la presunción iraní de que, pase lo que pase en Siria, su seguridad nacional no
se verá comprometida, mientras Turquía corre un peligro directo, podría ser
equivocada. El califato del Estado Islámico (ISIS) ya ha llegado a un acuerdo
tácito para no acercarse a menos de 40 kilómetros de la frontera iraní con
Irak, lo que indica por tanto su deseo de evitar un enfrentamiento directo con
Teherán en este momento.
No hay
garantías de que mantengan dicho autocontrol en un contexto de Estados fallidos
en Siria y algunas partes de Irak. Las autoridades iraníes han declarado
públicamente que hay unos 80 grupos armados del Estado Islámico presentes en
Afganistán y Pakistán, cerca de las fronteras iraníes. La seguridad de Irán
también podría verse amenazada por una implicación más intensa de varias
comunidades kurdas, y de los exiliados sirios, turcos, iraquíes e iraníes en
dichos países, en un conflicto regional más amplio. Un apoyo total de Irán a
Asad también podría acabar con la República Islámica en el bando perdedor
cuando caiga, si cae, lo que queda del régimen de Damasco.
Rusia, que también
ha entrado en combate en apoyo de Asad, podría estar reconsiderando su
impulsiva decisión de participar en un conflicto que no termina de comprender y
en un país donde, un cuarto de siglo después del derrumbe de la URSS, tiene
pocos contactos fiables.
Tres sucesos
parecen haber persuadido al presidente Putin para que atempere su entusiasta
postura inicial. El primero fue que el ISIS derribara un avión de pasajeros
ruso, un recordatorio de la vulnerabilidad que Rusia comparte con otros países
ante el terrorismo global. El segundo fue que Turquía derribara un avión de
combate ruso, un recordatorio de que en una situación tan caótica como la de
Siria no hay forma de garantizar que todo seguirá bajo control todo el tiempo.
El tercero fue el ataque organizado por una muchedumbre partidaria del Califato
a una base militar rusa en Tayikistán, presumiblemente para vengar el asesinato
de una chica de la zona por un soldado ruso.
Se calcula
que en Rusia viven más de 20 millones de musulmanes, practicantes o no, en su
mayoría suníes y, como mínimo, teóricamente afines a la mayoría suní que lucha
en Siria contra Asad. El firme respaldo de Moscú a éste podría provocar una
respuesta terrorista no solo contra turistas rusos, como vimos en Sharm el
Sheij, sino dentro de la propia federación.
El país más
dramáticamente afectado, y tal vez de manera permanente, por el conflicto sirio
es el Líbano. Han llegado a él más de 1,8 millones de refugiados sirios, lo que
ha alterado el delicado equilibrio demográfico del país.
El Gobierno
interino del Líbano, donde el primer ministro, musulmán suní, tiene enormes
poderes ejecutivos, está deseoso por dar la ciudadanía a los recién llegados lo
más rápido posible. Si los que llegan se quedan permanentemente, el Líbano
podría convertirse en otro Estado de mayoría árabe suní, con los cristianos,
los chiíes y los drusos representando no más del 45% de la población.
La vecina
Jordania también se está viendo afectada de manera importante, en este caso en
beneficio de la élite hachemí. La absorción de aproximadamente 1,2 millones de
refugiados sirios, la mayoría musulmanes suníes, y de otro medio millón de
refugiados iraquíes suníes diluiría la mezcla demográfica a favor de las
comunidades no palestinas, entre las que destacan las minorías árabe beduina,
circasiana, drusa, túrquica y cristiana, que no suponen más del 35% de la
población.
El país más
directamente afectado hasta ahora es Irak, que ha perdido buena parte de su
territorio, y en especial su tercera ciudad más populosa, Mosul, que han pasado
a ser del califato del Estado Islámico, centralizado en la ciudad siria de
Raqa. A los líderes de Bagdad les preocupa pensar que las potencias
occidentales puedan acabar aceptando una nueva división de Oriente Medio que
incluiría la aparición de un nuevo Estado de mayoría suní compuesto por cuatro
provincias iraquíes y cinco sirias.
La idea de
hablar con el ISIS ya la ha considerado en Gran Bretaña el nuevo líder del
Partido Laborista, Jeremy Corbyn, que ha sugerido que se abran canales
secundarios con el califato para probar la posibilidad de establecer diálogos
de paz y alcanzar compromisos. Dicha iniciativa equivaldría a un primer paso
hacia el reconocimiento de un nuevo Estado suní independiente.
A Irak
también le preocupa el futuro de las regiones kurdas recuperadas de manos del
califato del ISIS por los combatientes kurdos de Turquía, Siria e Irak.
¿Devolverán los kurdos esos territorios a Bagdad cuando retorne la calma?
La idea de
un nuevo Estado suní en el Éufrates ha dado pie a otra idea, la de un Estado
para minorías como la alauita, la cristiana, los ismailí y la drusa en el
Mediterráneo, extendido desde parte del Líbano hacia la costa siria, a lo largo
de las montañas al oeste de Damasco. Eso cubriría más o menos la parte de Siria
que los franceses denominaron durante su mandato "la Syrie utile"
(la Siria útil). Rusia, otro Estado que hace poco empezó a implicarse en Siria,
podría asegurarse las instalaciones aeronavales que quiere tener en el
Mediterráneo en el territorio de ese nuevo Estado.
Ni que decir
tiene que los kurdos, divididos en comunidades radicadas en Siria, Turquía,
Irak, Irán, Armenia y Azerbaiyán (exsoviético), ya se ven afectados por el
conflicto sirio. La idea de un Estado kurdo unificado nunca ha estado más
presente en la mente de los kurdos de toda la región. Sin embargo, su
materialización nunca ha parecido tan lejana como hoy. Varias comunidades y
partidos kurdos están enfrentados en una amarga lucha por el control del
discurso y la agenda kurdos, lucha que a veces está cerca de convertirse en un
conflicto armado. Conscientes de los peligros que supone, el líder kurdo iraquí
Masud Barzani se ha visto obligado a posponer inmediatamente su anunciado plan
de declarar la independencia en las tres provincias iraquíes que controla en
coalición con otros partidos.
Unidos en su
lucha contra el ISIS en su propio territorio, los kurdos están profundamente
divididos respecto a qué hacer a continuación; el peligro de que empleen las
armas –muchas suministradas por EEUU– los unos contra los otros no se puede
descartar.
El conflicto
en Siria también afecta a otros países árabes y musulmanes, en parte por ser un
polo de atracción para el yihadismo creado por el califato y otros grupos
islamistas como Jabat al Nusra (Frente de la Victoria). Cuando esto se escribe,
grupos que afirman tener vínculos con los yihadistas sirios han cometido o
intentado cometer actos terroristas en 21 países de mayoría musulmana, desde
Indonesia a Burkina Faso, pasando por Arabia Saudí, Turquía, Egipto y Libia.
Dichos grupos también han atentado o intentado atentar en Francia, Bélgica,
Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos.
Los Estados
árabes del Golfo Pérsico ricos en petróleo han apoyado activamente a varios
grupos anti-Asad. Pero también corren el peligro de repetir su desastrosa
experiencia en Afganistán, cuando ayudaron a los yihadistas a luchar contra los
comunistas locales y sus patrocinadores soviéticos para acabar teniendo a los
talibanes y Al Qaeda.
De hecho,
varios líderes yihadistas llevan medio siglo soñando con hacerse con el control
de al menos un país árabe rico en petróleo que sea capaz de asegurar los
recursos económicos para su estrategia de conquista global.
A finales de
este mes se celebrará en Génova una nueva conferencia internacional sobre
Siria. En el orden del día figura un plan para compartir el poder, una nueva
Constitución y unas elecciones generales supervisadas por la ONU en un plazo de
dos años. En un principio, el plan iba a ser desarrollado en 2012 por un think
tank con sede en Nueva York y transmitido a Asad a través de dos destacadas
figuras políticas libanesas. Asad lo recibió con cautela. El plan también
contaba con el apoyo del Consejo de Seguridad Nacional de la Administración
Obama. Sin embargo, en el último momento el presidente Obama lo vetó y declaró
públicamente que Asad tenía que marcharse.
Si el plan
tenía una ligera posibilidad en 2012, hoy no tiene prácticamente ninguna. La
razón es que nadie es del todo responsable de su propio campo en Siria,
asumiendo que uno podría descubrir campos fácilmente reconocibles capaces de
actuar como entidades diferentes.
Siria nunca
había sido un Estado como entidad diferenciada hasta que el Mandato Francés,
experimentando con al menos cinco versiones, la convirtió en uno tras la
Primera Guerra Mundial.
Para 2011,
cuando Deraa desencadenó la revuelta nacional, Siria se había convertido en un
Estado nación formal con sentido de identidad siria (sariana, en árabe)
que nunca antes había existido. Esta sariana se manifestó en la literatura,
el cine, la televisión, el periodismo de Siria y, sobre todo, en la versión del
árabe que la gente habla a lo ancho y largo del país.
Con el
colapso del Estado sirio, que ahora controla precariamente en torno al 40% del
territorio nacional, y la intensificación del conflicto con todos sus
inevitables trasfondos sectarios, ese sentido de sariana se ha visto muy
afectado, y en las zonas bajo control del califato del ISIS es señalado como el
enemigo número uno. La Siria de hoy es un mosaico de emiratos, grandes y
pequeños, que coexisten o luchan en el contexto de una economía de guerra y un
énfasis en las particularidades locales, étnicas y religiosas. Muchos de estos
emiratos han desarrollado un sistema de coexistencia que les permite dirigir
las comunidades bajo su control y guiarlas en diferentes direcciones. En la
mayoría de los casos, la dirección elegida es hacia lo que se vende como
"puro islam mahometano", en una multiplicidad de formas. Pero en
algunos pocos casos, para gran sorpresa de muchos, también hay en marcha
tímidos experimentos con el pluralismo y la democracia.
Hoy, el
desafío no es rescatar, mediante ardides diplomáticos, una Siria que en buena
medida ha dejado de existir, sino ayudar a crear una nueva. Ese es un reto que,
sin embargo, nadie parece querer o ser capaz de afrontar.