Posted on: Monday 10 October 2016 — 18:00
Hay
un estado (no reconocido) que se resiste a decirle ‘good bye’ a Lenin.
Entre
Ucrania y Moldavia, este vestigio de la URSS vive con 320 euros de sueldo al
año y multa a los turistas que no encuentren alojamiento en diez horas.
Digámoslo:
pasear por Transnistria
supone retroceder 40 años; palpar de nuevo el espíritu de la URSS; sentirse
en una suerte de Corea del Norte occidental. Desplegados los tópicos,
precisemos: caminar por este estado no reconocido, por esta ex república soviética
en terreno moldavo, se lleva a cabo habitualmente durante las 10 horas
permitidas sin hospedaje acreditado. Transnistria es un país en tránsito. Una
bizarrada a deglutir en bruto, exclusivamente de paso si eres un turista
despistado. Un lugar de avenidas como aeropuertos, bustos de Lenin y una
belleza femenina paralizante. Para llegar a esas conclusiones, por muy lugares
comunes que sean, hay que pisarlo. Y no es tan sencillo. No hay aerolíneas de
bajo coste ni trompetas que anuncien tu aterrizaje.
Sólo
se entra por tierra desde los países limítrofes, que lo bordean pero no lo
reconocen: Moldavia y Ucrania. Nuestro periplo empezó por este último. Por un
campo de trigo y girasoles donde el encuentro más amable se produce con el
vuelo de un pájaro. Quizás fue la curiosidad. O la llamada de lo marciano.
Estábamos cerca y queríamos ver este terreno independizado de 4.163 kilómetros
cuadrados, algo menos de los de la provincia de Pontevedra, situado en la
ribera derecha del río Dniéster (de ahí su nombre original, Transdniéster).
Con
una historia reciente que parte del fin del telón de acero, del hundimiento de
la congregación de repúblicas soviéticas en 1990, Transnistria
decidió seguir siendo miembro oficioso de unas siglas obsoletas. Incluso
enfrentándose con Moldavia, donde se ubica, en una guerra civil que, en
realidad, tuvo más de escaramuza que de conflicto porque el despliegue del 14º
Ejército Ruso zanjó el asunto. Cinco lustros después sigue allí con unos 1.500
efectivos, bajo la denominación de Grupo Operativo de Fuerzas Rusas.
La
frontera ucraniana, a unas dos horas de la ciudad de Odesa, expide la
autorización de entrada en un tique de datáfono. Como si pasar a esta reliquia
de atlas noventero fuera la factura de una paella en la Malvarrosa. Aquí no
pueden sellar el pasaporte pero sí manoseártelo para, al final, conceder el
tiempo suficiente para presentarte en la siguiente garita. Ése es el trato que
los guardas aprueban entre miradas de sospecha, preguntas en cirílico y
revisiones del maletero. Ése y las indicaciones hacia una carretera digna de
plató de misterio, repleta de broza, paralela a un tren que -juraríamos- aún
echa humo. Allí te quedas, vaya, dejado de la mano del dios Lenin y sus
tovarich (camaradas). Paisanos anclados en el lenguaje de Dostoievski,
incapaces de saludar en inglés, ni siquiera chapurreado internacionalmente
aunque sea por imperativo del turismo.
NADIE
RESPONDE
Por
eso, todas las cifras nos las aporta por correo electrónico Kamil Calus,
especialista en Moldavia del Centro de Estudios del Este. Durante nuestra
estancia, ni los centinelas de la entrada ni los jóvenes de las tiendas
respondían a nuestras preguntas. Y la información oficial traducida escasea.
Calus, de nacionalidad polaca, nos explica, por ejemplo, que la población no
supera las 330.000 personas, 145.000 menos de las indicadas en el último censo
oficial, de 2015. También nos cuenta que el paro no supera el 4% y que sus
ciudadanos se dedican principalmente a las industrias del acero, cemento,
energética y textil. «La causa principal de esta tasa tan reducida es la
emigración a Rusia», apunta. De los que permanecen, unos 12.000 trabajan para
Ilya Karmaly y Viktor Gushan, antiguos milicianos reconvertidos en los
emprendedores que crearon Sheriff. Una marca ubicua con logo de placa policial
estadounidense que aglutina, atentos: cadenas de supermercados y gasolineras,
una telefónica, una fábrica textil y el monopolio de la construcción. Ellos
ponen el pan -pagando un 30% de todos los impuestos societarios del país- y el
circo, con el FC Sheriff, un equipo de fútbol que ha ganado 14 de las últimas
16 ligas moldavas y cuyo patrocinador es Adidas.
El paro no llega al 4% en esta república del tamaño de Pontevedra… porque sus ciudadanos se marchan a Rusia
El paro no llega al 4% en esta república del tamaño de Pontevedra… porque sus ciudadanos se marchan a Rusia
Daremos
fe de su omnipresencia nada más entrar en Tiraspol, la capital. Antes
recorremos 40 minutos desde la frontera hasta que una nutrida gama de hoces y
martillos da la bienvenida. Las afueras se adivinan entre chimeneas de
factorías decimonónicas y suburbios humildes. En ellos se puede palpar el pulso
de la rutina: parques desvencijados, botellas abandonadas de vodka y
mercadillos improvisados en las aceras. Las estrellas de Sheriff en fachadas y
establecimientos no dejan lugar a dudas de quién manda allí, a pesar de que el
régimen oficial es una democracia y el actual presidente, Yevgeny Shevchuck,
gobierne desde 2011. «No goza de mucho respaldo popular desde que demostrase su
ineficiencia en los años de crisis. En las próximas elecciones de diciembre se
estima que perderá ante el candidato opositor, apoyado por Sheriff», analiza el
experto Calus.
La
médula espinal de la urbe es la avenida 25 de Octubre, fecha insigne de la
Revolución Rusa de 1917. Las esculturas de Lenin, los tanques como reliquias y
los memoriales bélicos jalonan un asfalto abrasado por un sol que sube la
temperatura a 30 grados centígrados, aunque su media anual oscile entre los 21
del verano y los cinco bajo cero del invierno. También hay espacio para el
Andy’s Pizza, cadena de comida rápida con estética yanqui, y unos cines con los
últimos estrenos de Hollywood (Ice Age 5 y Antes de ti). Instantánea coloreada
por las parejas de novios que posan sonrientes y, sobre todo, por los grupos
que acuden a la orilla del río a bañarse, una auténtica válvula de escape. Un
barco cruza de un lado a otro con luces y altavoces, un chiringuito provee de
cervezas de litro y un par de lenguas de arena hacen de Tiraspol un trasunto
soviético de Cancún donde los vecinos se tumban a la bartola y se dan
chapuzones en las ocres aguas del Dniéster.
Cansados
de esa estampa tan levantina, nos movemos a la periferia del oeste. En una
esquina se encuentra el estadio de FC Sheriff Tiraspol, al que dirigió el
entrenador barcelonés Juan Ferrando durante 2013. Este profesional de 35 años
nos relata desde Grecia, su actual residencia, sus primeras impresiones:
«Cuando llegué, como a cualquier persona de Occidente, me sorprendieron muchas
cosas: costumbres, cultura, arquitectura, idioma (se habla ruso
mayoritariamente). Debo destacar que todo el mundo fue siempre muy atento. Han
sabido vivir en una situación política difícil sin dejar de perder la sonrisa».
Atraído
por la oportunidad de competir en los torneos europeos, Ferrando estuvo al
mando del club con una vida «austera» desarrollada entre las paredes de la
residencia. «No podría mencionarte ni un solo lugar en el que se pudiera
bailar, quizá por su inexistencia o porque nunca tuve tiempo para ello. Tampoco
para ir al cine que, por otro lado, ofrecía películas sólo en ruso. Sí solía cenar
fuera tras un buen resultado», rememora. «De los 20 jugadores que entrenaba,
sólo cinco eran transnistrios que querían prosperar en este deporte, mucho más
minoritario que la lucha o la halterofilia. Estudiaban en los colegios del país
y los que pueden permitírselo, se marchaban a Ucrania», afirma alabando el
creciente interés que el FC Sheriff despierta en la sociedad.
ESTADIO
INTERNACIONAL.
Y
tiene lógica: inaugurado en 2002 con capacidad para 13.000 espectadores, el
estadio Sheriff tiene la máxima catalogación de la FIFA y es el elegido por
Moldavia para los partidos internacionales. Su complejo, además de disponer de
un puntero sistema de calefacción y drenaje, llama la atención por su
polideportivo contiguo, con piscinas y saunas tan relucientes como el mejor de
La Moraleja. Otro toque kitsch en esta urbe de colmenas de hormigón y único
núcleo de Transnistria
con una universidad que, según datos del analista Calus, congrega a unos 12.000
estudiantes al año. Los mismos que parecen repetirse, cual comodín, en cada
dato de población.
Dos
ex milicianos acaparan la economía: tienen supermercados, gasolineras y el
mayor equipo de fútbol
Cae
la tarde y buscamos un hotel. Las opciones se reducen a dos: el elitista Rusia,
a 240 rublos transnistrios (unos 20 euros) por cabeza en habitación compartida,
o el sobrio Aist, una posada enmohecida de cientos de cuartos con paredes de
papel pintado, baños agrietados y sábanas de esparto. Nos quedamos: cuatro
euros sin agua caliente. Una cantidad asequible incluso para los nocturnos
necesitados de un rápido soplo de intimidad. Pagamos con la moneda autóctona,
de validez exclusiva dentro de los márgenes del país, tan atenta a la
devaluación de la rusa y ucraniana. Por la exportación, que se lleva el 95% de
la producción nacional. Un sueldo medio rondaba los 3.865 al año en 2015, unos
320 euros, sin contar con la financiación rusa de gas gratuito y de una paga
mensual intermitente a los pensionistas de 15 dólares desde 2007. Una mano
invisible que rescata los fantasmas del Imperio, ansía anclar a Moldavia y
genera tensiones territoriales en la zona. «Cuando viajas allí crees que el
tiempo se ha parado, pero todo está bien cuidado. Comparado con otras ciudades
moldavas ves mucha más parafernalia soviética. Puede despertar cierta nostalgia
hacia el pasado, donde a mucha gente de aquí no le importaría volver», afirma
Marina Marin, maestra de 30 años en Chisinau, la capital moldava, a quien
recurrimos ante la falta de testimonios de primera mano. «Porque la
independencia nos costó mucho. La URSS construyó fábricas y casas que se están
destrozando», reflexiona. «No me gusta que estén dividiendo Moldavia. Aunque es
verdad que, aun con ideas políticas conservadoras y una influencia rusa
latente, nadie fuerza a sus habitantes a vivir así. Siempre que fui parecían
felices. No rechazaría vivir allí. Donde, por cierto, tienen mejores salarios».
Como
alega esta profesora, muchos de los ciudadanos que nos cruzamos parecen gozar
de una existencia aceptable o, al menos, fuera de la desdicha que a veces nos
escolta a los primermundistas. No se vislumbran grandes fastos, pero sí coches
de alta gama, ropa en condiciones y un ocio sugerente a menos que tengas
aspiraciones de Charlie Sheen. Según nos adentramos en lo que se definiría como
casco histórico, la gente enfila la avenida principal, de cuatro carriles pero
sin un alma (peor todavía: sin un alma con motor), con la parsimonia del
caminante dominical.
¿Y
qué pasa cuando llega la noche? ¿Se amilanan cual proletarios del carbón?
¿Reina el silencio, como sospechaba Ferrando? No. Los restaurantes preparan los
narguiles en las terrazas, hordas de chavales que hibernaban durante las horas
de luz practican skate en un halfpipe digno de anuncio y las parejas comparten
helado y paseo por la ribera. Después de un plato de pescado y carne servido
por dos camareras que apenas superan los 14 años, la opción de fiesta sólo se
nos presenta en el Baccarat, céntrico lugar de moda de Tiraspol.
Sillones
a lo Café del Mar y chill out en la superficie, el acceso al subsuelo lo
transforma en un local de tralla electrónica interrumpida por melosas baladas
patrias cantadas en karaoke. Sus responsables no entienden ni algo tan
internacional como «Coca-Cola con Jack Daniels» y tiran de la clientela,
formada por pandillas de chicas que podrían haber salido del backstage de
Victoria’s Secret. Mujeres que bailan frente a los espejos de la sala ajenas al
ruido y los codazos que provocan a su alrededor. Mujeres que beben ante la
pasividad de grupúsculos aislados de hombres enajenados por el alcohol y los
cigarrillos. Mujeres que, en definitiva, se entretienen sin el revuelo que
provocaría su belleza en un andén de metro, en una tienda de retales o en una
fila de supermercado de cualquier parte del mundo.Una de ellas, de hecho, salva
nuestra impuesta sobriedad traduciendo las órdenes al barman. Lleva un recatado
vestido amarillo a juego con sus mechones. La acompañan varias amigas que ni se
inmutan y se presta a intercambiar algunas preguntas:
¿Eres
de aquí?
Sí.
¿Y te gusta?
Sí.
¿Qué estudias?
Economía.
¿Has ido a otro país?
No.
¿No has estado ni en Moldavia?
Estamos en Moldavia.
Sí.
¿Y te gusta?
Sí.
¿Qué estudias?
Economía.
¿Has ido a otro país?
No.
¿No has estado ni en Moldavia?
Estamos en Moldavia.
A
riesgo de joder el reportaje, pensando que estábamos en un suelo de gran
arraigo nacionalista e independiente, guardamos silencio y ofrecemos bebida.
Rechaza nuestra copa con una reverencia nipona, arqueando la espalda y juntando
las palmas. No nos da tiempo a preguntarle sobre el temor a que Transnistria
retorne a manos rusas (algo que sobrevoló con la anexión forzosa de Crimea,
Ucrania, en 2014) ni sobre qué nos va a pasar al día siguiente, cuando nos
toque ir pagando mordidas de garita en garita al haber sobrepasado las 10 horas
permitidas.