SOBRE
IDIOTAS, VELOS E IMANES
Escrito por
Dr. Guido Maisuls en 16 Noviembre 2015. Publicado en Mundo
musulmanesPor Arturo Pérez-Reverte
Vaya por
Dios. Compruebo que hay algunos idiotas -a ellos iba dedicado aquel artículo- a
los que no gustó que dijera, hace cuatro semanas, que lo del Islam radical es
la tercera guerra mundial: una guerra que a los europeos no nos resulta ajena,
aunque parezca que pilla lejos, y que estamos perdiendo precisamente por
idiotas; por los complejos que impiden considerar el problema y oponerle cuanto
legítima y democráticamente sirve para oponerse en esta clase de cosas.
La principal
idiotez es creer que hablaba de una guerra de cristianos contra musulmanes.
Porque se trata también de proteger al Islam normal, moderado, pacífico. De
ayudar a quienes están lejos del fanatismo sincero de un yihadista majara o del
fanatismo fingido de un oportunista. Porque, como todas las religiones extremas
trajinadas por curas, sacerdotes, hechiceros, imanes o lo que se tercie, el Islam
se nutre del chantaje social. De un complicado sistema de vigilancia, miedo,
delaciones y acoso a cuantos se aparten de la ortodoxia. En ese sentido, no hay
diferencia entre el obispo español que hace setenta años proponía meter en la
cárcel a las mujeres y hombres que bailasen agarrados, y el imán radical que,
desde su mezquita, exige las penas sociales o físicas correspondientes para
quien transgreda la ley musulmana. Para quien no viva como un creyente.
Por eso es
importante no transigir en ciertos detalles, que tienen apariencia banal pero
que son importantes. La forma en que el Islam radical impone su ley es la
coacción: qué dirán de uno en la calle, el barrio, la mezquita donde el cura
señala y ordena mano dura para la mujer, recato en las hijas, desprecio hacia
el homosexual, etcétera. Detalles menores unos, más graves otros, que
constituyen el conjunto de comportamientos por los que un ciudadano será
aprobado por la comunidad que ese cura controla. En busca de beneplácito
social, la mayor parte de los ciudadanos transigen, se pliegan, aceptan
someterse a actitudes y ritos en los que no creen, pero que permiten sobrevivir
en un entorno que de otro modo sería hostil. Y así, en torno a las mezquitas
proliferan las barbas, los velos, las hipócritas pasas -ese morado en la
frente, de golpear fuerte el suelo al rezar-, como en la España de la
Inquisición proliferaban las costumbres pías, el rezo del rosario en público,
la delación del hereje y las comuniones semanales o diarias.
El más
siniestro símbolo de ese Islam opresor es el velo de la mujer, el hiyab, por no
hablar ya del niqab que cubre el rostro, o el burka que cubre el cuerpo. Por lo
que significa de desprecio y coacción social: si una mujer no acepta los
códigos, ella y toda su familia quedan marcados por el oprobio. No son buenos
musulmanes. Y ese contagio perverso y oportunista -fanatismos sinceros aparte,
que siempre los hay- extiende como una mancha de aceite el uso del velo y de lo
que haga falta, con el resultado de que, en Europa, barrios enteros de
población musulmana donde eran normales la cara maquillada y los vaqueros se
ven ahora llenos de hiyabs, niqabs y hasta burkas; mientras el Estado, en vez
de arbitrar medidas inteligentes para proteger a esa población musulmana del
fanatismo y la coacción, lo que hace es ser cómplice, condenándola a la
sumisión sin alternativa. Tolerando usos que denigran la condición femenina y
ofenden la razón, como el disparate de que una mujer pueda entrar con el rostro
oculto en hospitales, escuelas y edificios oficiales -en Francia, Holanda e
Italia ya está prohibido-, que un hospital acceda a que sea una mujer doctor y
no un hombre quien atienda a una musulmana, o que un imán radical aconseje
maltratos a las mujeres o predique la yihad sin que en el acto sea puesto en un
avión y devuelto a su país de origen. Por lo menos.
Y así van
las cosas. Demasiada transigencia social, demasiados paños calientes,
demasiados complejos, demasiado miedo a que te llamen xenófobo. Con lo fácil
que sería decir desde el principio: sea bien venido porque lo necesitamos a
usted y a su familia, con su trabajo y su fuerza demográfica. Todos somos
futuro juntos. Pero escuche: aquí pasamos siglos luchando por la dignidad del
ser humano, pagándolo muy caro. Y eso significa que usted juega según nuestras
reglas, vive de modo compatible con nuestros usos, o se atiene a las
consecuencias. Y las consecuencias son la ley en todo su rigor o la sala de
embarque del aeropuerto. En ese sentido, no estaría de más recordar lo que
aquel gobernador británico en la India dijo a quienes querían seguir quemando
viudas en la pira del marido difunto: «Háganlo, puesto que son sus costumbres.
Yo levantaré un patíbulo junto a cada pira, y en él ahorcaré a quienes quemen a
esas mujeres. Así ustedes conservarán sus costumbres y nosotros las nuestras».
Por Arturo
Pérez-Reverte
Fuente:
Finanzas
Periodismo
de opinión e investigación
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